Ya están convocadas las elecciones para el día 26 de junio. Por primera vez en la historia de España, éstas tienen que repetirse al no poder conformar un gobierno ni tan siquiera en minoría. Lo fácil en los primeros momentos del evidente fracaso fue echar las culpas a los otros, especialmente a Podemos por no aceptar ese pacto PSOE-Ciudadanos, pero también al PP por lo mismo y por no intentar al menos iniciar los contactos.
Ya no es ningún misterio que Ciudadanos no haya sido criticada porque bien sabemos que son a los que están aupando los que quieren seguir exprimiendo a los sufridos trabajadores. Dejando al margen la conveniencia o no de esta repetición es esencial, a mi entender, tener en cuenta varios aspectos. En primer lugar, la valentía de Compromís al ofrecer en el último minuto una posibilidad de entendimiento que el PSOE estuvo a punto de aceptar. Días antes, Podemos había rebajado hasta la extenuación sus primeras propuestas, aunque los socialistas nunca tuvieron la intención de pactar con el partido de Pablo Iglesias, pues la firma del supuesto programa progresista con Albert Rivera daba al traste con cualquier posibilidad de entendimiento.

Si bien en un primer momento éste era viable, pronto se vio que se trataba de un mero paripé para no cambiar casi nada y obligar a Podemos a renunciar a todo su programa social con el que habían logrado casi cinco millones de votos. En todo este proceso, lo que se ha constatado es un giro espectacular hacia la derecha tanto de PSOE como de Ciudadanos, que nos fue vendido como un partido centrista, incluso con la prepotencia, el narcisismo y la desvergüenza de proclamarse como herederos de Adolfo Suárez. Los electores se percataron del engaño y los resultados no fueron tan espectaculares como decían las encuestas manipuladas y pagadas por la gran patronal, la banca, las eléctricas y los representantes del IBEX-35.
Es fácil buscar culpables y más fácil todavía enredar y confundir a los votantes cuando lo que se pretende es seguir igual. El pobre Pedro Sánchez intentó ofrecer la estampa de gran estadista, recopilando a derecha y a izquierda con tal de hacer un montaje que desde el primer momento no pegaba ni con cola. Si bien es verdad que la situación económica española es grave, el paripé cocinado nunca podía salir bien. Los reproches, pero también la enorme diferencia existente entre los programas de Podemos y de Ciudadanos, hacía inviable ese arreglo que pretendía una regeneración que, calculadora en mano, era imposible.
Pedro Sánchez salió al ruedo con sus mejores luces, pero herido por los cuatro costados. Por una parte los barones le advirtieron de la obligación de apartar a los independentistas catalanes y vascos de la investidura. Por otra, Susana Díaz ejercía de Gran Hermano y con la daga en la mano estaba dispuesta a cortar lo que hiciera falta para impedir el pacto con Pablo Iglesias. A nadie se le escapa que el PSOE tiene un grave problema de indefinición y de dignidad. Sus valores se han ido diluyendo en papeles de Panamá, casos de corrupción, puertas giratorias y miradas hacia otro lado cuando ciudadanos que habían confiado en sus líderes eran arrastrados hacia el fango en la mal llamada crisis. ¿Cuántos socialistas se acercan a dar apoyo a las familias desahuciadas en las casi cincuenta ejecuciones que se producen a diario en Catalunya?
La repetición de las elecciones no es una buena noticia, pero es el paso necesario para lograr la gran coalición que demandan los mercados. El miedo que provocaba la entrada de Podemos en el gobierno puede quedar liquidado y diluido si después de las elecciones del 26 de junio el PP aparta a Mariano Rajoy o él mismo dimite. Es muy probable que los resultados del partido de la gaviota sean algo peores que el pasado 20 de diciembre por lo que se le ofrecerá en bandeja su salida más o menos digna. Además, cabe destacar no tan solo la renuncia de Ciudadanos a un nuevo pacto con el PSOE, sino también el acercamiento al PP de un Pedro Sánchez que, con el rabo entre las patas, ha empezado a pedir perdón por sus ataques a Rajoy.
Este aparente apareamiento amoroso no es más que la evidencia de que el camino no es otro que hacerse el harakiri para poder irse a la cama juntos y ‘salvar a España’. Así se matan dos pájaros de un tiro: se tranquiliza a los mercados y se impide que un Podemos en alza y que puede quedar segundo si cuajan las negociaciones con Izquierda Unida se atreva a ofrecer su mano al PSOE. Si eso pasa, el PSOE alegará motivos de patriotismo para entenderse con su eterno enemigo y todo seguirá igual. De hecho, las noticias de la bajada espectacular del paro junto con los dardos envenenados que lanzan desde Bruselas son, por una parte, una prueba más de la manipulación de los medios y de otra el aviso a navegantes de que la única via pasa por la unión de los partidos afines al sistema.
A lo mejor me equivoco, pero ahí lo dejo.
