Estamos asistiendo a la normalización de consignas como “Pedro Sánchez hijo de puta” en manifestaciones, pancartas o mensajes virales en redes sociales, o “puta España” en algún casal independentista o en medios públicos como TV3. Estas expresiones circulan como memes, presentadas como estallidos espontáneos de indignación ciudadana o como meras descargas de frustración. No lo son. Constituyen algo mucho más peligroso: un discurso de exclusión y desposesión, camuflado bajo la bandera de la libertad de expresión, que responde a una estrategia política precisa.
Su función no es comunicar una crítica, sino marcar pertenencia: delimitar quién forma parte del “nosotros” y quién queda relegado al “ellos”. Es un mecanismo emocionalmente potente, pero socialmente devastador. Si aceptamos que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que también la construye, resulta imprescindible analizar qué esconden estas palabras para desenmascarar su verdadero mensaje.
1. La misoginia es el núcleo. Ambas expresiones utilizan la palabra “puta” como insulto máximo, y eso no es casual. En nuestra cultura patriarcal, la forma más eficaz de deshonrar algo es feminizarlo y sexualizarlo como impuro. Así, se degrada a la nación (“España”) y se deshumaniza al adversario político a través de su madre. Y conviene recordar que la misoginia no es solo machismo, es el caldo de cultivo del autoritarismo y del fascismo. El odio a las mujeres suele ser el primer ensayo; el resto de la sociedad, el objetivo final.
2. Esas frases no informan ni opinan, “actúan”: esas frases no describen una realidad, construyen esa realidad para después expulsarla de su mundo. Gritar “puta España” no expresa una discrepancia política, sino que está desconectando a toda una comunidad de su derecho a la dignidad. Llamar “hijo de puta” a un presidente no es debate, es una forma de anularlo moralmente, sacarlo del ámbito de lo humano respetable. Es el lenguaje del linchamiento, no de la deliberación democrática.
3. El verdadero objetivo: un “nosotros” puro frente a un “ellos” contaminado. No se trata de libertad de expresión, sino de construir una identidad excluyente. Si la nación es “puta” y su líder un “hijo de puta”, entonces también lo son quienes lo apoyan, las leyes que promueven o los derechos que defienden (igualdad, pensiones, justicia social). Este es el primer paso de cualquier deriva autoritaria: deshumanizar para luego reprimir o eliminar. La lógica y el método no son nuevos.
¿Y quién cultiva este lenguaje y por qué? Este discurso no surge de la nada. Es la gramática oficial de la extrema derecha (Vox, Alianza Catalana o de sectores del PP y Junts mirando hacia otro lado o del nacionalismo identitario). Sus dirigentes no proponen memes al azar: saben que insultar a la madre de un presidente es más efectivo para generar odio que criticar sus políticas y que degradar simbólicamente a la nación moviliza mejor el resentimiento de quienes se sienten desplazados que cualquier análisis riguroso.
La estrategia es clara: mientras la derecha fomenta el enfrentamiento social artificioso (jóvenes contra mayores, patriotas contra “traidores”, autóctonos contra inmigrantes, patriarcado frente igualdad), esos mismos instigadores avanzan en el desmantelamiento de derechos económicos, políticos y sociales: pensiones, sanidad pública, vivienda, derechos reproductivos, etc.
Normalizar estas expresiones equivale a aceptar que alguien entre en tu casa y declare que tu familia “no vale nada”. No es un insulto aislado: es una declaración de hostilidad. Y si se tolera en el espacio público, mañana servirá para justificar la negación de derechos: “Si España es ‘puta’, ¿por qué respetar sus leyes?”.
¿Y cómo responder? No con más odio sino con análisis. Ante un “hijo de puta”, cabe preguntar: “¿Por qué necesitas insultar a una madre para criticar una política?”; frente a un “puta España”, cuestionar “¿qué España te molesta: la que defiende y promueve derechos sociales, políticos y laborales o la que la saquea y recorta?”. Podemos discrepar sobre el rumbo del país y sobre quién debe gobernarlo, pero si aceptemos el insulto como forma de expresar las diferencias, estaremos erosionando un pilar básico de la convivencia democrática.
Y no confundir: desmontar estas consignas no es una mera “corrección política”: es defender la democracia desde el lenguaje, que es donde siempre comienza. Quien utiliza el insulto misógino como arma política no busca mejorar la sociedad, sino distraerla con ruido y odio para desactivar su capacidad reivindicativa. No permitamos que el odio se convierta en nuestro vocabulario. Si lo hace, quienes lo promueven ya habrán ganado.
