El sistema sanitario público español ha figurado históricamente entre los más destacados de Europa, si bien los recortes presupuestarios aplicados de forma sostenida han deteriorado progresivamente su posición en los índices internacionales de referencia. En este contexto, conviene subrayar que las comunidades autónomas, al ostentar competencias exclusivas en materia de salud, asumen la responsabilidad plena y son las responsables, tanto de los logros como de las deficiencias, en la gestión del sistema. Entre estas últimas destacan las listas de espera para intervenciones quirúrgicas y consultas especializadas, la escasez de profesionales sanitarios y las carencias en equipamientos e infraestructuras, todos ellos elementos indispensables para garantizar un servicio público de esta magnitud. En Cataluña, el deterioro del sistema sanitario tiene un referente en el gobierno de Artur Mas y en la gestión de su conseller de Salud, Boi Ruiz, cuyas políticas de externalización y privatización de servicios generaron un amplio rechazo social, sintetizado en la consigna que se hizo célebre: “la sanidad pública no se vende, se defiende”.
Un aspecto fundamental que no se puede eludir es que nuestra sanidad pública se sostiene mediante la recaudación fiscal. Sin los impuestos, resultaría imposible mantener no solo el sistema sanitario, sino también la educación, los servicios sociales y el conjunto de prestaciones que conforman el Estado del bienestar. Sin embargo, las políticas promovidas por la derecha y la extrema derecha allí donde gobiernan, caracterizadas por las rebajas fiscales para las rentas más elevadas y la externalización progresiva de los servicios públicos, apuntan en una dirección opuesta, minando los servicios públicos y sociales. Una dinámica que conduce a un escenario en el que “cuando todo esté privatizado, estaremos privados de todo”. Conviene no olvidarlo.
Aterrizando en la situación hospitalaria del Vallès Occidental est, las carencias no son ninguna novedad. Ya en 2005, como resultado de la presión y movilización vecinal (la FAVS entregó más de 4.000 firmas al respecto), la consellera de Salud, Marina Geli (PSC), reconoció el agravio comparativo que padecía la comarca en cuanto a la ratio de camas hospitalarias. Ello la llevó a impulsar un “plan de choque” con la idea de construir un nuevo hospital (Ernest Lluch) que aliviase la presión sobre el Taulí. Una carencia estructural que ha ido provocado el colapso de las urgencias hospitalarias, incapaces de derivar pacientes a las plantas de hospitalización por la falta de camas disponibles.
En la actualidad, el Parc Taulí cuenta con 861 camas de diversos niveles asistenciales para atender a una población que supera los 400.000 habitantes. No obstante, según los datos del Catálogo Nacional de Hospitales de la Generalitat, existe una brecha significativa respecto al resto del territorio. Para alcanzar la ratio media catalana (situada en torno a las 3 camas por cada 1.000 habitantes) requeriría disponer de más de 1.200 plazas, lo que arroja un déficit actual de unas 340 unidades. En este escenario, las 200 camas proyectadas para el futuro Hospital Ernest Lluch representan un avance, pero insuficiente. En tales circunstancias, lo razonable sería ampliar la capacidad del equipamiento hasta las 400 camas para converger con la media y cubrir las necesidades hospitalarias de la subcomarca, especialmente considerando que, al carecer de proyecto y calendario concreto, se está a tiempo de ajustarlo a la demanda real.
Lo injustificable es que, a pesar de estos datos y tras más de dos décadas de retraso, el nuevo hospital continúe siendo una promesa incumplida. Aunque se invocan diversas razones para explicar la demora (cambios de gobierno, revisiones del planeamiento urbanístico o lentitud en los trámites administrativos), la raíz del problema es evidente: la insensibilidad y la ausencia de una voluntad política de los diferentes ejecutivos catalanes, que solo se reactivan cuando existe presión ciudadana. Queda por ver si estas nuevas de declaraciones asegurando que “ahora sí” no se convierte en otro espejismo. Desde el movimiento vecinal y social, y a la vista de todas las vicisitudes que ha atravesado el necesario hospital Ernest Lluch, no bajaremos la guardia hasta que la reivindicación se convierta en una realidad. La lucha por una sanidad pública, cercana y digna continúa.
