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‘Viaje a ninguna parte’, por Manuel Navas

ARTÍCULO DE OPINIÓN
Manuel Navas, socioólogo.

Las calamidades que padecemos, en general provocadas por la acción/omisión o la estupidez/crueldad humana, vienen de atrás y parecen imparables: olas migratorias y de refugiados con millones de personas que huyen del horror de las guerras y de la miseria extrema; 1/3 parte del mundo opulento y las 2/3 restantes en la penuria donde cientos de miles de personas mueren de hambre diariamente; fronteras infranqueables separando ricos y pobres con muros cada vez más altos y fosos más profundos, países desarrollados con pueblos precarizados y sin futuro; un planeta insostenible por un expolio y desarrollismo insensato; media humanidad sometida a la desigualdad por razón de género;……barbaries tan insostenibles e inaceptables como en buena parte evitables.

Datos que hablan del caos institucionalizado al que nos aboca la hoja de ruta de los poderes económicos y sus terminales mediáticas y que descalifica la culpabilización de las víctimas excusando al modelo de sistema que ha ido sustituyendo valores tradicionales de solidaridad, justicia e igualdad, por el individualismo, la competencia egoísta, el menosprecio de lo público y la percepción de la pobreza y el desempleo como consecuencia de la pereza de quienes la sufren.

Un mundo en el que 8.000 millones de personas y el planeta claman por la subsistencia para lo cual se necesita acabar con la desigualdad creciente, la pobreza y exclusión social, la precarización del mercado de trabajo, el deterioro medioambiental grave, el dominio de lo especulativo y el deterioro de la democracia, por citar algunos. Un panorama desolador, adobado por tiempos de bajísima movilización social que permite a las clases y castas sociales dominantes campar a su antojo. El disparate se ha instalado en este microscópico planeta, del minúsculo sistema solar, de la minúscula galaxia del universo infinito y, aun así, la necedad humana sigue creyéndose el ombligo de no se sabe muy bien de qué, cuando ni tan siquiera somos el primer eslabón de la cadena de la evolución, ni seremos el último.

Un panorama donde la lucha de clases posmoderna (ecológica, feminista, sindical, vecinal, urbanismo, étnica, pacifismo, derechos humanos,….), acaecida por los cambios culturales, desmiente a los chamanes que hablan del fin de la historia, dejando constancia que la gran victoria del sistema causante del desorden establecido es convencernos de que no existe y que los males que padecemos son castigos divinos.

En un contexto en el que los grandes relatos han quedado en evidencia (excepto para quienes andan abducidos por sectas religiosas/nacionalistas/políticas), donde los hechos refutan que la historia avanza de forma lineal hacia metas que mejoran las anteriores y para no caer en la frustración, la impotencia o la claudicación, haríamos bien en cuestionar lo evidente y el escepticismo puede ser una buena herramienta para ello, no solo porque no existen verdades absolutas, sino porque los datos muestran que este camino no conduce a ninguna parte. Insistir que, por naturaleza, este sistema es irreformable y, como a día de hoy, no aparecen alternativas creíbles y atractivas, todo indica que, a pesar de todo, la ciudadanía (esencialmente la del primer mundo) seguirá prefiriendo lo que existe y que la falta de esperanza hace que los vendedores de humo (que son parte intrínseca del sistema) sigan en alza prometiendo cambios para que nada cambie. Mientras tanto, habrá que sortear la esterilidad del todo o nada recurriendo al pragmatismo permanente (“partido a partido”) para tratar de revertir/paliar sufrimientos y crueldades, es decir, intervenir en esas realidades para producir efectos, al tiempo que continuar tejiendo bases de solidaridad entre la ciudadanía con mecanismos de redistribución justa de la riqueza y estrechando complicidades contra las distintas formas de opresión y explotación humana y planetaria.

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