ARTICULO DE OPINIÓN
Manuel Navas, Sociólogo.
Sentir y actuar de una determinada manera, no se hereda genéticamente, es fruto de un proceso al que nos ha conducido la particular historia de cada uno/a, marcada por el entorno social en el cual crecemos y nos relacionamos cada día. No existen genes republicanos o monárquicos: la explicación del por qué adoptamos una u otra opción no es biológica, sino reflejo de nuestra socialización, respecto al modelo de Estado, sea la oficial (monárquica), o la disidente (republicana). Y aquí entran, los sentimientos y las convicciones.
Sentimientos de solidaridad con las personas que dieron su vida en unos casos y sus mejores años en otros (tortura, cárcel, exilio, campos de concentración, etc.) por defender la democracia republicana contra la barbarie franquista. Sentimiento de solidaridad, con las personas que durante el franquismo, empeñaron parte de su vida luchando por las libertades y la restauración de la usurpada democracia republicana. Todos/as y cada uno/a de ellos/as expresan esa combinación de sensaciones, tan profundas, tan humanas, que llenan de sentido términos como solidaridad, generosidad, fraternidad, entrega, altruismo. Gente maravillosa, personas preciosas como diamantes a quienes hoy, por su edad, los títeres del sistema cuestionan si deben dejar de asistirles en caso de contagio por el CODIV19.
Sentimientos de tristeza ante la insensibilidad de políticos de izquierdas, que pactaron, con los herederos del franquismo, excluir la decisión popular sobre sus preferencias republicanas o monárquicas. Sentimientos de tristeza porque, en definitiva, a Juan Carlos I, lo designó el Franco que acabó con la II República. Sentimientos de tristeza por el intento de robarnos la memoria histórica, menospreciando la sangre, sudor y lágrimas vertidas por un pueblo.
Convicción republicana porque, el Jefe del Estado de una República, es elegido temporalmente y, cada elección, es un test, mientras que el de un Reino, lo es de por vida, sea bueno o malo, déspota o benigno, bobo o listo, neofascista o demócrata, nadie lo puede cambiar y a mayor escarnio, puede hacer lo que le venga en gana (Juan Carlos I) por la prerrogativa de inviolabilidad.
Es cierto que “el hábito no hace al monje”, es decir que un país sea republicano o monárquico, aunque en general tiene connotaciones (aquí, el modelo de Estado monárquico lo decidió el dictador), no siempre se corresponde con un Estado más democrático y social, existen repúblicas bananeras y existen monarquías socialmente avanzadas. Sin entrar en las características de cada monarquía, queda fuera de toda duda que es más democrático un Jefe del Estado sea elegido por el pueblo, que lo sea por el hecho de ser hijo se su madre.
Aquí y ahora, reivindicar la III República no es una opción nostálgica, ni oportunista por el patético y corrupto papel de la familia Real borbona, sino de convicción, de creer que nuestro futuro, puede ser más libre, más justo, más feliz, en la medida en que la sociedad y nuestras vidas estén presidida por los valores comunes republicanos: igualdad, fraternidad y libertad, valores genéricos que deben dotarse de contenido social y democrático como la equidad, la laicidad, el federalismo, la civilización, la cultura, la solidaridad, la participación, la igualdad de género, la ecología, el pacifismo, la convivencia, la sostenibilidad, el mestizaje, el universalismo como parte integrante de la raza humana y de la Tierra-patria de la que todos/as somos hijos/as. Y para eso necesitamos la República para seguir vislumbrando un futuro tricolor.
