Cada día que pasa nos damos cuenta de que aquello que llamaban crisis es en realidad una gran estafa. A pesar del bombardeo de los medios de comunicación para hacernos creer que es pasajera, que en el 2014 se creará empleo y que remontaremos un poco, la verdad es otra y se siguen produciendo una media de 100 desahucios al día, hay muchos más parados de los que se dice y muchos de los contratos realizados lo son a medias jornadas con sueldos inferiores a los 300 euros.
La economía ocupa las portadas de todos los periódicos y salvo muy honrosas excepciones, la mayoría desvirtúa la realidad para situarnos en una mínima felicidad que nos haga sobrellevar el día a día, aunque entre los escépticos, los visionarios, los que no se dejan manipular y los realistas ya conforman un conjunto nada despreciable de personas que acecha a los que lanzan las campanas al vuelo y creen que lo malo ya ha pasado.
Pero estos árboles no nos dejan ver el bosque y casi a hurtadillas, con alevosía y deslealtad nos van colando un montón de goles que superarán sin duda a los marcados por aquellos jugadores que, dicho sea de paso, ganan en un día lo que otros no ganarán nunca en toda su vida. No sabemos bien quién fue la primera pero el caso es que tanto la sanidad como la educación han sufrido los ataques más bárbaros de toda la historia reciente de nuestro país: privatizaciones, recortes de becas, de profesores, de estudios, de nóminas… Solo en el sector público, claro, porque el privado se ha beneficiado de todo lo que del otro ha sido amputado. Por lo que, ya sin ninguna duda, se desprende que, a pesar de la certeza de la crisis, ésta se está aprovechando para instalar un modelo diferente, una estructura donde los ricos podrán acceder a todo mientras que la llamada clase media y los más pobres pagarán con sus impuestos los desarreglos económicos, los desaguisados de la gran banca y a duras penas podrán sobrevivir para que las grandes empresas, especialmente las de suministros (electricidad, gas…) y de las que no podemos escapar, consigan pingües beneficios que nunca revierten en el ciudadano.
Y por si esto fuera poco aquel educado caballero que muchos veían como el sustituto “amable” de Aznar, el alma cándida del PP y el representante “democrático” de la derecha española, ha resultado ser el garante de este proceso en donde la democracia tal como consta en la Constitución de 1978 queda completamente marchita y deshabilitada. Alberto Ruíz-Gallardón, por mucho que tuviera una educación jesuita, o bien se encuentra atrapado en la telaraña de los suyos o se ha cambiado de chaqueta o siempre fue así y nunca nos dimos cuenta.
El Código Penal que él mismo está supervisando es de los más retrógrados de Europa y, en el caso del aborto, más aún que en países católicos como Italia o Polonia. La prensa, imbuida por los escándalos de corrupción, el omnipresente Rajoy y, cómo no, el desnudo de Paco León en twiter, olvida que el bosque del Código Penal que se está elaborando hipoteca para siempre la libertad de expresión blindando a los bancos y castigando a los “incitadores” a manifestarse a través de redes sociales o a aquellos que pacíficamente ocupan una sede bancaria, con penas de prisión. Hasta cuatro años de cárcel por resistencia a la autoridad y la consideración de delito el robo, por ejemplo, de una bolsa de pipas.
Es, en definitiva, el Código Penal más duro e injusto contra todas las formas de protesta ciudadana, en un claro ataque contra el movimiento de los indignados. Sorprende el hecho de que en esta nueva legislación se dediquen muchas más páginas a definir los delitos por alteración del orden público que a los efectuados por corrupción. Las “amenazas” mediante insultos o frases malsonantes hacia agentes de la autoridad también son duramente castigadas, aunque no incluyan el lanzamiento de objetos o desorden público. Es más, se incorpora la frase “se castigará a los que animen a otro a cometer delitos de daños”, sin especificar si esos “daños” son, por ejemplo, la fragmentación de un papel o la destrucción de un escaparate de un establecimiento comercial.
La gravedad de la embestida contra la libertad del individuo es tal que las redes sociales son prácticamente las únicas que salen en defensa de los ciudadanos. Gallardón, bajo esa mirada de no haber roto nunca un plato, esconde realmente a un ser maligno, un ángel exterminador de las conquistas democráticamente ganadas por el pueblo, sabedor de que matando al perro se puede acabar con la rabia. Es verdad que muchas veces las leyes se quedan en papel mojado; hay quién dice que las leyes están para no cumplirlas y quien entrará en esa vorágine de miedo y pavor y se encerrará en casa. Pero la paciencia tiene un límite y si solamente hay medidas represivas sin poner a disposición de los ciudadanos medidas correctoras de las injusticias sociales, se puede producir ese cóctel explosivo que muchos esperan que se origine. En definitiva, Gallardón ha levantado el hacha de guerra y con ese gesto nunca sabemos dónde podemos llegar.
