En este mundo donde las redes sociales imponen su gobierno, donde parece que la humanidad se va perdiendo y que las pantallas inundan el triste devenir de los terrícolas, aparecen de vez en cuando síntomas que parecen demostrar que la vitalidad y las ganas de pasarlo bien sustituyen, aunque solamente sea por unos instantes, a las desgracias, a las crisis, a las guerras y a la angustia de millones de personas que no tienen una vida mínimamente digna. No se trata ni mucho menos de tapar nuestras propias vergüenzas, ni de obviar ese sufrimiento que recorre velozmente nuestro mundo, sino de momentos de felicidad altruista que denotan una necesidad del ser humano de explayarse y desahogarse aún a sabiendas que la espada de Damocles pende de un hilo que puede romperse en cualquier coyuntura no deseada.
La música siempre ha tenido ese objetivo doblemente satisfactorio de serenar las mentes y unir a los pueblos. No conozco lenguaje más adecuado para lograr el entendimiento entre las personas. Desde la música clásica, pasando por el jazz, el pop, la más contemporánea, siempre ha habido una necesidad de contactar con lo diferente mediante la exposición de melodías y ritmos para que aquellas culturas más lejanas en el conocimiento pudieran entendernos. Así pues, no es de extrañar que la música viaje en el tiempo y entre los diferentes países y nos lleguen y se van y vuelven y las nuestras también se desplazan por todos los lugares.

Seguramente con la llegada de la televisión se hace más visible este hecho, pero, sin duda, las nuevas tecnologías abren el camino no solamente a la inmediatez musical, sino a la posibilidad de implicarse y de interaccionar entre los diferentes actores, logrando una conexión virtual amén de otros objetivos siempre válidos. Esto es lo que a mi juicio ha sucedido con la canción Happy del rapero Pharrell Williams. Nominada al Oscar a la mejor canción por la película Gru, mi villano favorito 2, ha conseguido aglutinar a su alrededor nada más y nada menos que a más de 200 millones de personas, que se han lanzado a bailar este tema pegadizo y a mostrar sus diferentes ciudades. Desde Roma, Barcelona, Buenos Aires, Turín, Libreville, Paris, Nápoles, Viena, Toulouse, Agadir, Túnez, Bucarest, Abidjan, Amsterdam, Montreal, Madrid, Nueva York, Berlín, Dubái, Florencia, Hong Kong y cientos de otras ciudades y países, individuos de todas las nacionalidades, edades, creencias y razas, con velo o sin él, han conseguido unirse con la finalidad de emular al músico y cantante americano, moviendo el esqueleto para pasar un buen rato.
Es un verdadero síntoma de la vitalidad, unido a la sencillez del acto en sí, de los humanos que, mediante un tema asombrosamente fácil y pegadizo, capta la atención de todo el mundo e invita a bailar con el objetivo aparentemente banal de reírse y dejarse llevar. Pero creo que no hay que obviar una segunda posibilidad de este éxito musical y de participación que supone Happy. Los grandes grupos musicales y cantantes siempre estuvieron arropados por sus fans. Incluso muchos de ellos se atrevieron a ponerse delante de una cámara sufriendo las burlas de muchos que los tachaban de “friquis”. Esto es muy diferente. Cuando una canción, una melodía, consigue sacar a decenas de miles de personas a la calle, consigue además que más de 200 millones de personas lo vean, se unan tácitamente a ella, es porque hay implícita una necesidad de unidad, que muchas veces no descubrimos o no nos dejan avistar.
A pesar de nuestras enormes diferencias, lingüísticas, culturales o religiosas, Happy pone sobre la mesa la gran cuestión de la unidad de la raza humana que según muchos llegará en algún momento de nuestra existencia. Por ahora puede ser un pequeño ejemplo de esa necesidad vital que nos lleve a todos por un camino de igualdad. Que yo sepa, nunca una canción había unido a tanta gente. Happy lo ha logrado con una naturalidad pasmosa que ni el propio Pharrel Williams se esperaba. Su éxito comercial se ha transformado en un éxito mundial, donde las identidades quedan relegadas a un segundo plano en aras de la conjunción planetaria. Igual es una paranoia mía, pero es un indicio de que las personas de buena fe, que son la mayoría, desean, deseamos, que nos dejen en paz, que vivamos felices y que los conflictos acaben de una vez por todas.
