Que la música forma parte de nuestras vidas es evidente. Que, además, nos proporciona momentos de satisfacción personal indescriptibles y que engloba todo aquello que hacemos, también. Al igual que un perfume o una imagen, un sonido, una melodía o una canción, nos retroalimenta el cerebro haciéndonos viajar en el tiempo y sumergirnos en un periodo de distinta significación emocional para cada uno de nosotros, pero, indudablemente, con efectos varios que van desde la decepción, al desengaño, desde la desesperación a la felicidad absoluta.
Seguramente sin música no sabríamos vivir o, al menos, soportaríamos peor las banalidades de nuestro mundo. De hecho existen estudios sobre el beneficio de la música para la salud humana, incluyendo la musicoterapia como forma de sanación en nuestros días. Pero no es mi intención adentrarme en este tema, que ya merecería un artículo, sino más bien en la enorme posibilidad de relaciones humanas y más precisamente intergeneracionales a partir de este asunto.
Recuerdo la presencia de la música en mis tiempos de infancia y juventud. Música clásica, pasodobles y zarzuelas se mezclaban con el jazz de Nueva Orleans y las bandas de música valencianas. Los domingos por la mañana, la sala de estar se convertía en una pequeña sala de conciertos donde mi padre escogía piezas al azar con muy buen gusto. Este hecho, aparentemente banal, influyó enormemente en mi pasión por la música pero también en mis gustos musicales posteriores. No obstante, mi padre nunca pudo hablar conmigo de tendencias musicales, puesto que lo que estaba llegando, la música pop y disco, nada tenía que ver con lo que él ponía en el tocadiscos o cassette. La llegada del cd revolucionó el sonido pero, mientras yo me zambullía sin titubeos en los sonidos del Motown, del funk, del soul y de las nuevas bandas pop del momento, no conseguía conectar ni con mi padre ni con los diferentes ritmos que él me proponía.
Su intento de relacionar éstos con los míos era en vano, ya que, si bien las orquestas que acompañaban a los bailarines o a los instrumentistas principales se nutrían de violines, trompas y otros instrumentos más clásicos, la melodía final era fuertemente bailable, consiguiendo finalmente que los espectadores pusieran más atención en los ritmos que los hacían moverse que en el conjunto de la agrupación musical. Así pues, con estos mínimos referentes, y sin poder relacionar lo que estaba viviendo y bailando con lo que había escuchado en casa, mis amigos, de mi misma edad, eran aquellos con los que podía mantener alguna conversación sobre cualquiera de los aspectos musicales que creyéramos convenientes.
Ahora, 30 años después, he podido constatar que la música que los jóvenes escuchan ahora está completamente en consonancia con la que yo percibía en los años 70 y 80. Ya sea por el auge de la radio, donde se continúan emitiendo temas de esas dos décadas o por la calidad de éstos, el caso es que ya no sorprende que un joven de 20 o 30 años refiera en una conversación a grupos como Earth, Wind & Fire, todavía en activo, la Electric Light Orquestra, ABBA, Alan Parson, Dire Streets, Queen, R.E.M., Génesis, Pink Floyd o Surpertramp.
También conocen a solistas como Marvin Gay, Mike Oldfiel, Bob Dylan o Bruce Springteen, así como a grupos de la llamada movida madrileña o como Mecano. Quiero hacer especial mención a la figura de Michael Jackson, que supone a mi entender un icono de la música de los años 80 y 90 y que, lejos de quedar olvidado, se mantiene con fuerza en las mentes de nuestros jóvenes, tanto que podríamos considerarlo como completamente contemporáneo de esta generación. Ahora sí, esa interrelación es posible gracias a que gran parte de la música que sale de los estudios de grabación en pleno siglo XXI recoge los frutos de los grupos y compositores de esas tres décadas y, al igual que pasa en el mundo de la moda, se basan en modelos pasados, pero de calidad, para crear nuevos modelos o prototipos.
Teniendo en cuenta toda esta argumentación es fácil concluir que gracias a la música, a esta música en concreto, a la buena música de estas dos o tres décadas, se produce un efecto de ensamblaje entre varias generaciones, de integración intergeneracional tan importante en estos tiempos y siempre. Para aquellos que percibimos un olvido y relegamiento de los más mayores, de inutilidad en todos los campos, incluso en los de las conversaciones del día a día, parece que hay una puerta abierta al entendimiento entre las diferentes edades.
Ya no nos asombra percatarnos que jóvenes y no tan jóvenes tenemos intereses musicales mutuos que, sin ningún tipo de duda, ayudan a una avenencia recíproca que puede favorecer y contribuir a una comprensión en otros ámbitos. A modo de ejemplo, el éxito del tema de Daft Punk y Pharrell Williams, Get Lucky, no es casual, sino que corrobora esta profunda relación entre generaciones. Su audición me retrotrae a mi juventud y a los más jóvenes les suena completamente moderno, y eso es genial.
