L’ESTAT DE LA CIUTAT
Los datos sobre el desempleo y el resto de indicadores de la economía española dibujan un escenario catastrófico donde no se vislumbra otra perspectiva que el empeoramiento de la situación. Un tétrico panorama que plantea la tarea de construir nuestros instrumentos organizativos y métodos de lucha para acabar con la pesadilla del neoliberalismo.
Los datos trimestrales de la Encuesta de Población Activa (EPA), el indicador más fiable sobre la situación del empleo en España, nos trasladan una situación de emergencia social absoluta con 6,2 millones de parados y un desempleo juvenil bordeando el 60%. Estas cifras demoledoras han ido acompañadas de otras no menos graves, como la corrección al alza del déficit público, la caída en picado del crédito y el consumo o el desplome de la producción industrial que dibujan un cuadro de desastre total.
Las llamadas “reformas estructurales” del gobierno del PP, como antes las auspiciadas por el PSOE de Zapatero, no han conducido a ninguna mejora de la situación económica. Por el contrario han agravado la recesión hasta límites intolerables. La reforma laboral sólo ha servido para facilitar el despido e incrementar el paro, tampoco ha dado resultado el saneamiento del sistema financiero y el grifo del crédito continúa cerrado. Los brutales recortes en derechos y prestaciones sociales, que inciden durísimamente sobre el nivel de vida de las clases asalariadas, no han servido para reducir el déficit público.
En realidad, todos los recursos disponibles están destinados a salvar a la misma banca que ha provocado la crisis sistémica en que nos hallamos inmersos, evaluados en cinco billones de euros de ayuda al sistema financiero y 400.000 millones anuales de pago de intereses a la banca privada que continúa realizando pingües beneficios a costa del sufrimiento de la población. Así, a la depauperación de las clases trabajadoras, como pone de manifestó la escalofriante cifra de 500.000 personas desahuciadas desde que estalló la crisis, se une un incremento exponencial de la desigualdad social que nos revela el verdadero rostro del sistema capitalista.

La soberanía nacional ha desaparecido y los gobiernos del sur de Europa actúan como meras correas de transmisión de las instancias dirigentes de la Unión Europea y de la banca. Todo ello con el telón de fondo de una corrupción estructural y de una clase política con sueldos y sobresueldos de escándalo con que se paga generosamente sus servicios al gran capital.
Hay alternativas
Los grandes medios de comunicación, otra pieza básica del sistema en una sociedad atomizada y desmovilizada, insisten en reafirmar que no hay alternativas. La crisis es presentada como una especie de catástrofe natural como si fuera un terremoto o una erupción volcánica, cuando esta ha sido provocada conscientemente por décadas de políticas neoliberales emprendidas en la década de 1980 por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Las doctrinas económicas de corte socialdemócrata de John Maynard Keynes dejaron paso a los dogmas neoliberales de la escuela de Chicago de Milton Friedman o la austriaca de Fiedrich Hayek.
En efecto, durante tres décadas las políticas de intervención del Estado en la economía y de incremento del gasto público aseguraron una era de prosperidad nunca vista en los países industrializados, no así en el sur subdesarrollado y explotado donde la crisis es permanente. Las fórmulas son sobradamente conocidas desde el punto de vista teórico y ampliamente contrastadas por la experiencia histórica. Keynes, tras las experiencias del crack del 29 y las guerras mundiales, concibió una serie de correcciones estatales al sistema capitalista que tendía en su desarrollo espontáneo al incremento de las desigualdades sociales, a la concentración de la riqueza en unas pocas manos y a las crisis catastróficas. Por el contrario, Friedman y Hayek instituyeron el dogmatismo del libre mercado y la oposición radical a toda forma de regulación e intervención estatal en la economía que nos ha conducido al desastre.
Ahora bien, estas teorías económicas son la expresión teórica de los intereses y de las correlaciones de fuerza de clase. Keynes y el Estado del Bienestar, ahora en proceso de desmantelamiento, fueron por así decirlo los salvadores del capitalismo en un mundo destruido por la guerra y de expansión del comunismo en Europa del este y Asia y entre la clase trabajadora de sur de Europa y de los países del denominado Tercer Mundo. Un modelo que parcialmente continúa vigente en los países escandinavos.
Por su parte, Friedman y Hayek fueron los teóricos de la contrarrevolución conservadora. En efecto, la regulación estatal del sistema financiero y los mercados, el pleno empleo, la expansión del gasto social, la fiscalidad progresiva… crearon un escenario político donde progresiva y lentamente la sociedad se encaminaba hacia el socialismo y donde la correlación de fuerzas favorecía a las clases asalariadas.

La caída de la URSS aceleró extraordinariamente la ofensiva neoliberal. Desaparecido el peligro del comunismo -en realidad un capitalismo monopolista de Estado y una dictadura de partido- nada impedía volver a la esencia del sistema de “explotación del hombre por el hombre”, por utilizar la expresión de Karl Marx quien desarrolló la crítica más profunda y aun no superada al funcionamiento del sistema capitalista.
La experiencia venezolana, tan denostada por los mass media del sistema, ha demostrado que la movilización popular y la intervención del Estado a favor de los intereses de la mayoría de la población, puede reducir en poco tiempo las desigualdades sociales más hirientes y construir una sociedad más justa.
Lucha de clases
Se trata, pues, de una cuestión de lucha de clases. La salida de la crisis sólo será posible en la medida que la movilización y el combate de los trabajadores impongan nuevos paradigmas en política económica. Esto explica la inquietante línea de criminalización y represión del gobierno del PP y CiU contra aquellos colectivos como las Plataformas de Afectados por la Hipoteca (PAH) o contra los estudiantes encerrados en los rectorados como protesta a la privatización de las universidades públicas.
Sin embargo, carecemos de las imprescindibles herramientas organizativas para ello. Los instrumentos tradicionales como fueron los partidos de izquierda y los sindicatos de clase han experimentado un proceso de burocratización e integración en el sistema que los han convertido no sólo en ineficaces, sino que han devenido un obstáculo para ello. Tampoco los viejos métodos de lucha (huelgas, manifestaciones, encierros o concentraciones) parecen ser eficaces contra el conglomerado económico-político que nos domina.
Así, pues, la primera tarea consiste en construir los nuevos instrumentos organizativos y los nuevos métodos de lucha contra un sistema que nos condena a la miseria y donde la democracia se evapora frente a la opresiva dictadura de los mercados.
Experiencias de autoorganización como la protagonizada por la PAH nos indican el camino a seguir para levantar un movimiento popular con la suficiente potencia para revertir la situación y acabar con el nefasto ciclo del neoliberalismo.
