‘Así no. Así nunca’, por Josep Asensio

“Una cosa es la defensa de la libertad de expresión, el derecho a la manifestación para mostrar disconformidad o la protesta contra las sentencias a Pablo Hasél y otra muy distinta la instrumentalización de estos derechos para alterar la normalidad ciudadana mediante la violencia, justo lo que menos conviene a Catalunya y a España en estos momentos”.
Joan Tapia, presidente del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

“Junts está utilizando la sentencia contra Pablo Hasél como ariete contra la credibilidad de la Justicia española (camarero: lo de siempre), pero además está posicionándose en ese territorio agradable a oídos de la CUP donde ‘els carrers són sempre nostres’ y por eso tenemos permiso para incendiarlos. A la CUP, está de más recalcarlo, Junts la necesita como agua de mayo”.
Juan Soto Ivars, periodista

Observo imágenes de fuego, de contenedores bailando en medio de la calle, de jóvenes con máscaras embrutecidos dando patadas a policías y a sus vehículos. Ante la falta de adoquines, golpean las aceras para extraer ese tesoro que irá a parar a la cabeza de las fuerzas de seguridad; esa es la intención. Si no es herir gravemente o matar ¿cuál es? Y una señal de tráfico que se convierte en una lanza para hacer añicos los cristales de cualquier concesionario de automóviles, de una tienda de ropa o una entidad bancaria. Y, en muchos casos, el saqueo. Hordas de enajenados llevándose cualquier objeto, un trofeo que podrán exponer en sus habitaciones, quién sabe si enseñar con nostalgia a sus descendientes.

No puedo parar de contemplar la destrucción, aunque sea mínima y zonal. Y, a pesar de poder pensar que se trata de personas que reclaman libertad de expresión, así, en genérico, solo me percato de que son ignorantes e iletrados que han recibido un mensaje y, como auténticos zombis, saltan a las calles con el único fin de hacer daño. ¿Podríamos catalogarlos de terroristas callejeros? Claramente sí. Mi mente quiere creer en el buenismo de esos jóvenes, en la fuerza de sus convicciones, en la razón de sus acciones; pero rápidamente vuelvo a la realidad y me convenzo de que cuando se utiliza la violencia, se pierde toda la razón. Y me pongo a investigar.

Y descubro que el tal Hasél tiene otras causas pendientes con la justicia, y de que no va a la cárcel por las letras de sus canciones y de que, cuando murió Julio Anguita, hizo un comentario muy doloroso contra él. Bueno, libertad de expresión, ¿no? Sigo leyendo, y este individuo, además de injuriar a la Corona, cosa que ni me va ni me viene, resulta que en sus tuits enaltece el terrorismo de ETA y desearía un tiro en la nuca a José Bono o que el coche de Patxi López saltara por los aires. Desearlo no es delito muy probablemente, pero a este sujeto se le ha ido bastante la olla. ¿Qué pasaría si alguien se tomara al pie de la letra sus proclamas incendiarias a ritmo de rap? ¿Se alegraría o condenaría esa violencia que él impulsa rítmicamente? ¿Estarían esos supuestos luchadores por la libertad de expresión defendiendo con uñas y dientes su obra si esta fuera homófoba o contra las mujeres? Porque, digo yo, si existe la libertad de expresión absoluta, puedo decir, escribir y cantar lo que quiera, ¿o no?

Sigo informándome y constato más delitos por los que Hasél ha sido condenado y que nada tienen que ver con su actividad profesional: agresiones, lesiones, injurias, calumnias, coacciones, actos de naturaleza violenta y vuelta con el enaltecimiento del terrorismo. Parece ser que la Audiencia Nacional condicionó su entrada en prisión a que no volviera a cometer ningún delito en los siguientes tres años, pero no lo cumplió. Y aún más. La condena es de nueve meses, pero al negarse a pagar la multa, se convierten en dos años y medio por las condenas anteriores. Vamos, que él ya sabía que ingresaría en prisión y empiezo a creer que lo deseaba, para dar visibilidad al tema, para provocar lo que está provocando, para manipularnos a todos haciéndonos creer que son sus letras y no sus actos los que se juzgan.

Y sigo contemplando imágenes de barbarie, de barricadas y de gente trastornada que ignora hasta la última coma nuestras normas. Está claro que, como dice Joaquim Coll en su artículo Hasél, rebelde sin causa, “no debería estar en la cárcel o, por lo menos, no por el impago de multas, por injurias contra la Corona o contra las instituciones del Estado. Urge una reforma que despenalice ese tipo de delitos que hoy son anacrónicos”. Muy probablemente, hay que reformar el Código Penal, para adaptarlo a nuevas situaciones, pero ya nuestra Constitución, aunque sea de 1978 y algunos crean que está obsoleta, abogaba y aboga por la libertad de expresión en todas sus formas, aunque con un solo límite, el del derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia. Faltan más topes a esa libertad de expresión que algunos quieren para ellos solos, pero las incongruencias son enormes, porque se establecen barreras a determinadas posiciones, a determinados conceptos, pero se acepta sin más que se pueda enaltecer el terrorismo, banalizarlo y, consecuentemente, olvidar el daño que ha hecho a nuestra sociedad.

Alguno verá en mis palabras una posición de inmovilismo. Cada uno y cada una que vea lo que quiera. Yo lo tengo muy claro. Hay que poder hablar y escribir de todo; pero el límite del respeto también lo tengo claro. Hasél no es más que un provocador que ha aprovechado todos sus delitos para lavar el cerebro a unos cuantos con un propósito siniestro, alentar la violencia, pero también pretende que su visibilidad le llene el bolsillo a partir de ahora. Como rapero no pasa de ser mediocre, tirando a malo. Ese aire de malote, de estar en contra del sistema, cree él que va a aumentar sus ingresos. Como aquel alumno que se autoengaña plantando cara al profesor y tachando de cobardes a sus compañeros. La soledad es lo que tiene, que necesitas hacer lo que sea para que sepan que existes. Que no se nos olvide que la mente humana es muy retorcida y la de Hasél parece que un poco más que la de la media.

Manifestació Pablo Hasél. Autora: Alba García.
Contenidors bolcats al mig de la Gran Via, dijous. Autora: Alba García.

Me entero que su padre, Ignacio Rivadulla, es un empresario, vamos, un burgués, en palabras de su propio hijo, juzgado por haber dejado a la Unió Esportiva Lleida con una deuda de 10 millones de euros, que provocó un concurso de acreedores e impagos a los jugadores. Fue presidente de la entidad deportiva entre 2007 y 2010. Y su abuelo, un militar franquista. A mí, eso no me importa. Pero a su familia no le ha faltado nunca un euro. Quizás por eso Hasél muestra esa rebeldía. Él sabrá si es real. Como dice el consultor de comunicación Luis Arroyo en Hasél, un pan como unas hostias, “necesitamos héroes de mayor talla para causas tan nobles como nuestra libertad de expresión”.

Acabo estas líneas enterándome que el jueves mismo, la Audiencia de Lleida confirma otra condena a Pablo Hasél de dos años y medio de prisión por amenazar al testigo de un juicio. No para. Y mientras tanto, más ataques, a vehículos privados, a todo lo que se menea, a medios de comunicación (¡vaya incongruencia!), y un tal Sergi Maraña atizando en twiter la violencia, y Pablo Echenique aplaudiendo a esos salvajes, apostando por la violencia como solución a los conflictos, a lo que no nos gusta. ¡Vaya sentido de estado!  Y los CDR, la CUP, Laura Borràs y una marea de independentistas aplaudiendo el caos porque eso, dicen, destruye al “estado opresor”. Juan Soto Ivars lo refleja de manera espléndida en el artículo Laura Borràs, disfrazada de Donald Trump. ¡Cómo se nota que no les queman ni su sueldo, ni sus comercios, ni sus coches! Y una chica sin un ojo. No me alegro. Y los ‘demócratas de izquierdas’ culpando a la policía y mirando hacia otro lado cuando una masa de energúmenos incendia la calle o asalta un comercio.

La extrema derecha, silenciosa, está reunida en sus cuarteles generales. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Foto portada: captura de pantalla del moment en què els Mossos d’Esquadra s’emporten detingut el repaer Pablo Hasel, el 16 de febrer del 2021. Autor: ACN.