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‘De cristales y socavones: la historia olvidada del genocidio en Palestina’, por Josep Asensio

“Israel es como un edificio podrido con una bonita fachada, de colores agradables, pero a medida que pasan los años, la fachada se va cayendo, y puedes ver las estructuras podridas que lo conforman. Después de estas últimas elecciones hemos visto emerger con fuerza la apuesta por un supremacismo judío que clama por la limpieza étnica, la podredumbre del edificio queda más clara para todo el mundo y también para alguna gente dentro de la comunidad israelí. La fachada se está cayendo, así se puede ver que en realidad todo está podrido, y que, por supuesto, Israel no es una democracia”.

Yonatan Shapira, expiloto de la Fuerza Aérea israelí y miembro fundador del movimiento israelí Boycott From Within

El bombardeo es incesante, la manipulación, también. Y los informativos nos ofrecen a diario un pequeño reportaje sobre cómo sobreviven los que no pudieron irse de Ucrania al principio de la guerra. Y un día hablan de la dificultad para encontrar cristales que sustituyan a los destruidos por las bombas; y otro de un edifico alcanzado por un misil y que ha matado a no sé cuántas personas; y nos repiten la palabra “niños” miles de veces, también del “invasor”, de vidas rotas, de asesinatos de civiles, de devastación. Y hay un claro interés propagandístico para que miremos a un lado y giremos nuestras caras y nuestras mentes hacia el genocidio más grande que sufre el planeta desde la Segunda Guerra Mundial.

Edificios destruidos en la franja de Gaza, el pasado mes de agosto.

Y miro hacia Palestina siempre (y no voy a dejar de hacerlo nunca) donde se contabilizan 220 asesinatos de palestinos en todo el año 2022. Y en lo que va de 2023, catorce, el último, Samir Aslan, que el 12 de enero fue disparado en el pecho enfrente de su casa mientras intentaba evitar la detención de su hijo. La colonización por parte de Israel de todos los territorios palestinos es ya un hecho que nadie discute, frente a ese silencio cómplice de la comunidad internacional. Y yo sigo mirando hacia ese rincón del mundo porque es imposible no darse cuenta de la vara de medir según quién sea el invasor. Y observo las imágenes, las declaraciones, los llantos, los muertos en el suelo, y me doy cuenta de que esos cristales del norte también escasean en el sur; y esos socavones producidos por misiles y que entierran y matan a personas debajo de los escombros en Ucrania, también existen en Palestina. Y disparos a bocajarro contra civiles, y destrucción de hospitales, escuelas, edificios emblemáticos y de culto, también sus respectivas culturas.

Y, a pesar de esa adulteración de la información, mi corazón y mi mente están con esa gente que muere poco a poco. ¿Sabían que el Estado de Israel considera “terrorismo” el hecho de documentar las violaciones de derechos humanos que perpetra cotidianamente? Ese goteo de demoliciones de casas, de asesinatos a sangre fría, es la realidad diaria de un territorio ocupado ilegalmente por Israel. En 50 años de invasión, más de 600.000 ciudadanos israelíes han ido colonizando tierras que no son suyas, matando a los palestinos que vivían allí, expulsándolos de las que pertenecieron a sus antepasados, destruyendo campos de cultivo, envenenando los pozos de agua dulce, cortando olivos milenarios, la base de la vida de muchos ellos. A ese exterminio, el gobierno de Israel añade leyes contra los árabes con nacionalidad israelí, otras declarando antisemitas y sospechosos de terrorismo a los que se atreven a denunciar al gobierno, a sus acciones de represión, con el claro objetivo de manipular, dentro de la narrativa que califica cualquier crítica al Estado de Israel como antisemitismo. Lo último: la reforma del sistema judicial, que le permitirá no sólo nombrar a los jueces, sino también tener derecho de veto contra sus decisiones. Se acabó el equilibrio entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Una prueba más de la muerte de la democracia en Israel y un ataque a los propios israelíes, que han salido a las calles para protestar por este asalto de las instituciones.

El interés por silenciar a periodistas, abogados y a las organizaciones de derechos humanos, ha convertido a Israel en un estado espía, donde todo el mundo puede ser sospechoso de antipatriota, donde cualquier intento de clarificar asesinatos y muertes de palestinos es visto como peligroso, llegando a encarcelar a sus propios ciudadanos, si estos se atreven a defender al pueblo palestino.

Esa intimidación se está volviendo en contra del propio gobierno de Israel. Organizaciones como Al Haq o Boycott from Within, están poniendo en el punto de mira a un estado que lleva 50 años matando impunemente, impidiendo la llegada de ambulancias a palestinos heridos por las armas invasoras, destruyendo pequeños ambulatorios en las ciudades y en los campos de refugiados, acusando de terrorismo a decenas de movimientos por la paz y organismos sanitarios. Boycott from Within es, seguramente, una de las organizaciones más potentes en estos momentos. Creada en 2008, es ahora cuando resurge con fuerza desde el propio Israel, formada en gran parte por exmilitares que abren los ojos ante las matanzas de civiles palestinos al que su gobierno les obliga. Desertores, muchos de ellos. Su idea de “boicot desde dentro” va calando entre una población israelí que empieza a darse cuenta de que esas acciones de su gobierno están socavando también las libertades de todos los ciudadanos, en definitiva, la democracia. Todo esto, a pesar de los resultados de las últimas elecciones generales, donde ha habido un giro hacia la extrema derecha muy preocupante. Pero el hecho de que el gobierno israelí gaste ingentes cantidades de dinero en implantar asociaciones por todo el mundo para vender una única visión y tapar el genocidio, demuestra su propia preocupación y también su decadencia.

El pasado diciembre, Naciones Unidas condenó el asesinato de un joven palestino por fuerzas israelíes en los territorios ocupados. Se llamaba Ammar Mufleh y tenía 22 años. Como en todas las ocasiones anteriores, los efectivos miliares impidieron luego a los residentes y a las ambulancias llegar al lugar de los hechos para proporcionar ayuda a Mufleh. Se desangró ante la mirada indiferente de los asesinos. El enviado especial de la ONU para el proceso de paz en Oriente Medio, Tor Wennesland, se mostró horrorizado por el homicidio y reclamó un castigo para los culpables.
Nada más empezar el año, en la ciudad ocupada de Jenin, son Fouad Abed, de 17 años, y Mohammed Hoshieh, de 21, son quienes mueren bajo el fuego del ejército ocupante. Días después, en Belén, un francotirador israelí acaba con la vida de un niño de 15 años. El 5 de enero, soldados israelíes entran en el campo de refugiados de Balata y asesinan a Amer Abu Zaytoun, un adolescente palestino de 16 años. En el mismo momento de estar escribiendo este artículo me llega la noticia de la muerte por disparos del ejército israelí de Omar Khmour, de 14 años. Y muchos niños. Vale la pena leer el artículo Gaza, una historia interminable de lugares comunes y tumbas de niños palestinos, para saber lo que está pasando. 14 palestinos muertos en lo que va de año, casi uno cada día. El pasado jueves, en una de las incursiones más mortíferas del ejército israelí en Cisjordania en los últimos años, hubo nueve muertos. Habrá muchos más. Todos menores de 30 años. Y junto a ellos, el silencio. ¿Se dan cuenta mis lectores que los crímenes van dirigidos hacia una determinada franja de edad? ¿Puede haber alguien ya que niegue ese genocidio? ¿Y si también miramos hacia ese lugar del planeta y denunciamos al invasor?

Foto portada: el cuerpo de Omar Khomou, de 14 años, en su entierro.

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