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‘El vestido perverso de la libertad’, por Josep Asensio

“Muchos bares de la capital tienen una foto de Díaz Ayuso en sus escaparates, tal vez porque el populismo es justo eso, utilizar la desesperación de la gente que se ve en la ruina para prometerles la luna y hacer de ellos víctimas agradecidas, partidarios de sus propios opresores”.
Benjamín Prado, poeta, novelista y ensayista

Voy a ser duro, muy duro. Lo advierto. Por si alguien no quiere seguir leyendo. Porque soy incapaz de permanecer impasible ante esos ataques miserables y ruines a la gente que no tiene ni para comer por parte de esas cabezas huecas donde supura el odio más cruel y salvaje. Porque, a pesar de ese vacío cerebral, son capaces de segregar esa sustancia maligna que hace enrojecer sus ojos, que modela sus labios con una sonrisa siniestra y que muestra esa altivez con la que miran a los pobres y a todos los demás que no son ellos. Pura inmundicia.

Ya hace un año que en mi artículo Sobran los pobres daba mi opinión sobre este asunto, a raíz de las manifestaciones de pijos en Madrid pidiendo ‘libertad’, palos de golf en mano. Esta afrenta decorada de grandes dosis de obscenidad, continúa llamándoles ‘mantenidos subvencionados’ con la misma desfachatez que se vanaglorian de que lo realmente importante es poder tomarse unas cañas y poder asistir a una corrida de toros, mientras Madrid es la región con más positivos y hospitalizados por 100.000 habitantes y con mayor tasa de mortalidad en residencias. Los hospitales y las UCI siguen a rebosar ‘gracias’ a la hospitalidad de bares y restaurantes, ‘gracias’ a la permisividad de su presidenta y la adulteración de la palabra ‘libertad’, algo que está muy de moda entre aquellos regímenes que basan su fortaleza en la mentira, en la expansión de la amenaza “comunista” para poder, no tan solo perpetuarse en el poder, sino ser el poder mismo. Una ‘libertad’ disfrazada de dictadura al mejor estilo fascista. Eso es lo que es.

No puedo más que reivindicar en estos momentos a un personaje mediático que, con una verborrea impresionante, con una facilidad de concreción en sus argumentos, ha expuesto lo que muchos pensamos. No se puede expresar de manera más contundente. Se trata de Moi Camacho. No voy a comentar lo que dice porque hay que verlo y oírlo. Pero sí que voy a añadir que a esta ultraderecha envalentonada hay que derrotarla. Como hicieron en Grecia con Amanecer Dorado. Y hay que hacerlo por dignidad, porque no se puede tolerar que unos vividores corruptos, hijos de papá en su mayoría, sigan amenazando a millones de personas que sobreviven con lo puesto, que no pueden comer más que pasta y arroz, raramente carne, que conviven en pisos de estrechez enfermiza, con la convicción de que nunca saldrán de ese infierno; sin una mísera semana de vacaciones al año y sin posibilidad de disfrutar de su tiempo libre como debiera ser. Entretanto, esos gusanos de nombre Ayuso, Monasterio o Abascal se jactan en sus mensajes despreciables, de cortar ‘orejas y moños’, mientras miles de madrileños, ahogados por la crisis, por el trabajo precario y por la necesidad vital de llegar a ser pasto de las subvenciones, siguen pensando que son ellos mismos los culpables de su propia situación.

Esas risitas de la ultraderecha, ese gesto impropio de cualquier persona que sienta algo por el prójimo, indica una vez más que el odio no es una fórmula electoral, un manifiesto más para poder ganar elecciones. Se trata más bien de un componente genético que va aumentando de manera desorbitada y, desgraciadamente, se implanta en otros individuos que van creyendo, por ejemplo, que los menores inmigrantes son los causantes de sus realidades, admitiendo incluso falsos eslóganes impresos con falsos personajes. El miedo al más pobre, al que nada tiene. Publicidades diversas con mensajes claramente derivados hacia el odio a sus vecinos promueven más odio; y más y más. A todo esto se une la necesidad de recompensar a los ricos, a esos que colocan a los suyos, que reparten maletines a cambio de grandes obras, a esos que ya no tienen vergüenza en obtener beneficios a cambio de dejar desabastecidos a la mayoría de madrileños, con ambulatorios obsoletos, con escuelas ancladas en los años ochenta, con falta de recursos de todo tipo, mientras, sin ningún escrúpulo ya, se ofrecen terrenos públicos para escuelas y universidades privadas, se cierran hospitales públicos y se derivan enfermos a otros privados. El negocio como finalidad única. No importan los muertos, ni tan solo aquellos que descansan eternamente porque la propia Ayuso ordenó que no se trasladaran a los hospitales. Eso sí que es maldad, señora Ayuso. La falta de humanidad campa a sus anchas en Madrid, con ese esperpento grotesco que se atreve a comparar el envío de balas y las amenazas de muerte con un abrelatas. ¿Se puede ser más infame?

Así pues, no me extrañan esos adjetivos que he ido recopilando, extraídos de diversos medios, durante toda esta semana y que son el fruto de esa rabia que ya no puede ser contenida. Después de la chulería de Rocío Monasterio (esa especie de robot adiestrado para machacar a cualquiera que no piense como ella, esa aduladora de tesis negacionistas, esa mueca que el destino nos ha puesto en el camino para que dudemos hasta de nuestras madres, esa muestra de silencio cómplice ante las amenazas de muerte), estos lamentos adjetivados son más fuertes si cabe. Los insultos no son la solución, pero ¿acaso no tenemos derecho a defendernos? ¿O es mejor la indiferencia y dejar que ladren como pedros rabiosos y se ahoguen en su propio vómito?

Monasterio y Abascal, de Vox, en un míting. Foto: @monasterioR via Twitter.

Vagos de mierda, gusanos de cloaca, miserables vanidosos, pobres de espíritu, hienas desbocadas, buitres piojosos, sabandijas rastreras, pijos y pijas repugnantes, falsos, insolentes, otra vez vagas, ingratas, infames, mezquinas, incompetentes, ladronas, mentirosas, ruines, prevaricadoras, infectadas de rencor, abominables, basura pestilente, blanqueadores de dinero.

Yo, por mi parte, voy a ser práctico. Esa libertad de la que tanto hablan estos monstruos de buenas familias, me confiere la posibilidad de desear lo bueno y lo malo; lo posible y lo imposible. Esta vez voy a apostar por que esas personas a las que se les enciende la sangre cuando alguien se atreve a mostrarles esas colas del hambre, vayan a parar a ellas algún día. Que sufran en sus carnes ese dolor y esa humillación. Que pisen ‘el otro lado de la historia’, el malo, según Ayuso. Solo eso. También se lo deseo a esos millones de españoles que siguen aplaudiendo el discurso del odio, un odio que, si no lo paramos a tiempo, va a producir heridas muy dolorosas.

Un odio que permite decir “te voy a pegar un tiro, maricón; te voy a pegar un tiro esta semana” a un chaval que protesta pacíficamente por un acto de Vox en Parla. Delante de la policía. Y no pasa nada. Un odio que no puede resbalar en las mentes de jóvenes y mayores. Un odio del cual ya sabemos cómo puede acabar. La libertad no es callar. Nuestro silencio nos hace cómplices. Y eso, es el desastre.

Foto portada: Díaz Ayuso, en un acto. Al fondo carteles agradeciéndole mantener abiertos los bares peses a la pandemia.

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