Marimar Blanco

‘Huérfano de alma’, por Josep Asensio

Antes de escribir estas líneas he visionado un par de veces el discurso de la presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo (FVT), Mari Mar Blanco, hermana del concejal asesinado por ETA en 1997. Quería asegurarme de si había algún motivo por el cual Gabriel Rufián había permanecido sentado sin aplaudir al finalizar su discurso. Esa actitud, de desprecio absoluto, me llamó la atención desde el primer momento y mi mente me pedía cautela por si Mari Mar Blanco se había extralimitado en sus atribuciones o había insultado a alguien o realmente su discurso era más incendiario que conciliador. Pero no. Mari Mar Blanco contuvo su rabia para pedir simplemente respeto, un respeto ante tanto sufrimiento, una consideración a la inocencia de las víctimas que ella quiso que fuera hacia todas las afectadas por todo tipo de terrorismo, si bien es verdad que recalcando el padecido por ETA. Pidió ni más ni menos que no se justificara nunca la barbarie y que no se blanqueara el padecimiento de los damnificados y sus familias. Fue muy crítica con la entrevista a Arnaldo Otegui en la televisión pública, un personaje que nunca manifestó ni un ápice de arrepentimiento y que aún hoy no renuncia a la lucha armada como vía de consecución de ciertos objetivos políticos.

Mire usted, señor Rufián. No voy a caer en su provocación y no voy a ir por la vía del insulto fácil. Usted quedó retratado como tantas y tantas veces y eso le va muy bien a cierta prensa que se ceba en su persona cada vez que abre la boca o hace un gesto obsceno. Es un estira y afloja que les funciona a los dos, a esa prensa ávida de escabrosidad, y a usted mismo, que busca ese lado morboso de la política, en una retroalimentación que no dista mucho de lo que vemos cada día en ciertos programas de la televisión. Supongo que usted es más de considerar a asesinados y a verdugos como víctimas, de ver un conflicto armado que tiene sus daños colaterales y claro, éstos suelen ser inocentes que pagan con su vida las decisiones de unos pocos. Desgraciadamente tengo una edad en la que he podido vivir toda la trayectoria de ETA, desde el regocijo por el atentado contra Carrero Blanco hasta la decepción del de Hipercor y de la caserna de la Guardia Civil en Vic. Mi visión cambió radicalmente cuando ETA se convierte en una banda asesina.

Tendría usted ocho añitos cuando poco antes de las cinco de la tarde una furgoneta del Cuerpo Nacional de Policía, con ocho agentes en su interior, se dirigía al estadio la Nova Creu Alta. El CE Sabadell se medía al Málaga CF, en el partido correspondiente de la 14ª jornada de Segunda División. Un coche aparcado en el número 9 de la calle Josep Aparici, en la confluencia con Ribot i Serra, explosionó cuando el vehículo policial pasó por su lado. Una bomba, cargada con metralla y que fue accionada a distancia mató a seis de los policías, uno de ellos padre de un alumno mío. El partido no se suspendió, un error que causó un tremendo dolor entre los afectados. Ignoro si usted vivía en Sabadell durante esa época. Mis padres, justo al lado del atentado y, aunque solo se llevaron el susto, nunca olvidarán ese olor a quemado, ese bombazo que hizo temblar todas las paredes de su casa. Pero, señor Rufián, lo que mi mente nunca podrá borrar es la visión de unas personas quemándose vivas, gritando, sin poder hacer nada ni ellas ni yo mismo, ni nadie de los que estábamos allí. Quizás debiera haber vivido esa situación para, años después, mostrar un poco de respeto ante las palabras de Mari Mar Blanco. Quizás su mente hubiera dejado de pensar en las ideas, en la política, para transformarse, al menos por un momento, en humana. Porque lo más probable es que esa falta de humanidad que conforma su personalidad no le deja ver la realidad. Qué se le va a hacer.

Tres años antes (usted tenía cinco) ETA había matado a 21 personas en el supermercado Hipercor de la Meridiana de Barcelona. Otro síntoma de la maldad y de la deriva asesina de la banda terrorista y que cambiaría la percepción que muchos tenían de ella. Después vino el atentado en Vic, donde diez personas murieron, cinco de ellas niños. ¿Alguna vez ha visto usted esas imágenes?

En julio de 1997 me encontraba yo en Francia cuando me enteré del secuestro de Miguel Ángel Blanco. Las horas previas a su muerte las viví de manera muy especial. Llamadas explicativas de mi familia, informaciones continuas en la televisión francesa y angustia perpetua esperando un final feliz que nunca llegó. Lo que yo experimenté allí no lo vivirá usted nunca. Cuando la gente se percataba de que era español, venían a abrazarme, a darme ánimos, a apoyarme, como si yo representara a millones de españoles que en esos momentos se encontraban en las calles pidiendo una clemencia que tampoco llegó. Lloré muchas veces. Nunca había oído el nombre de Miguel Ángel Blanco, pero me uní a ese clamor por el respeto a su vida, como esas decenas de franceses que, sin conocerme, me insuflaban esos ánimos que yo no sabía cómo gestionar.

Y en noviembre de 2000 asesinaron a Ernest Lluch, todo un símbolo de paz y de concordia (usted ya tenía 18 años y, consecuentemente, algo de criterio, me imagino. ¿Dónde estaba usted?). Y la gente volvió a salir a las calles en una manifestación histórica, multitudinaria, donde las ideas volvieron a quedar aparcadas en defensa de la humanidad. ¿Sabe usted lo que es eso? Y poco antes Ramón Jaúregui había visitado Sabadell y se sentía feliz de poder compartir sus creencias en una carpa situada frente al Centro Cívico de Sant Oleguer sin guardaespaldas y sin el temor a recibir un disparo proveniente de cualquier parte. Esa era la diferencia entre el País Vasco y Catalunya. La diferencia entre el terror y la democracia.

Señor Rufián, no entenderé nunca su actitud frente a las contundentes y sentidas palabras de Mari Mar Blanco, ni la de otros diputados que, aunque se levantaron, no aplaudieron. Usted quiso, como siempre, ser el protagonista de ese momento y lo fue, desgraciadamente. Mostró una falta de respeto, de humanidad, de alma, en definitiva, que no puede entrar nunca en los cánones de la ética humanística ni de los valores democráticos. Era mucho más fácil no asistir, quedarse en casa o en un bar tomándose una copa. Claro que entonces no habría sido captado ese momento trágico de su soledad indecente frente al mundo. Y eso hubiera sido un mal comienzo en su carrera como youtuber. Y eso, usted, no se lo puede permitir.