Parece que no son tiempos para la movilización. Ya llevamos años en los que nos cuesta mucho salir de nuestros estados de confort o de nuestras miserias para poder dar un empujón a la solidaridad común. Esta se ejerce muchas veces en silencio, si es que llega a producirse. En muy contadas ocasiones la sociedad española ha vivido momentos álgidos de protesta o discrepancia con los poderes establecidos; con toda probabilidad, el 15-M sea uno de los más potentes, pero hay otros, como las mareas en defensa de la sanidad y de la educación públicas, las manifestaciones de los iaioflautas reivindicando unas jubilaciones justas, la gran movilización en Murcia, tanto para reclamar el soterramiento del AVE en la ciudad, como para defender el Mar Menor, y otros igualmente importantes.
No obstante, la pandemia ha significado un parón en este sentido y ha favorecido a las clases dominantes. La afectación no ha sido únicamente sanitaria. A nivel emocional, ha provocado una cerrazón todavía más visible, con lo que, desgraciadamente, la discrepancia se ha diluido en forma de abstención en las diferentes contiendas electorales, especialmente municipales, o en un desinterés, en una indiferencia y en un conformismo que ya les va bien a los poderes establecidos.
En nuestra ciudad, tenemos que retroceder a la huelga del metal en 1976 y a la gran movilización ciudadana, auspiciada por las asociaciones de vecinos, como consecuencia de la subida del precio del recibo del agua, en 1985. Por aquel entonces, miles de personas siguieron la consigna de dejar de pagar hasta lograr un acuerdo con la compañía. Después, no hay que ser demasiado inteligente para darse cuenta de la endogamia de estas asociaciones, de su connivencia con los que mandan y, consecuentemente, del olvido hacia sus verdaderos sustentadores.
No obstante, hay motivos para la esperanza. Y esta viene del sur de la ciudad, donde una plataforma de vecinos lleva años reivindicando la dignificación de esta zona de Sabadell, a partir, entre otras demandas, de la rehabilitación del Mercat de Campoamor y su conversión, además de en espacio comercial, en un centro cultural. Lo llamativo del caso es que esto surge de abajo hacia arriba, de ciudadanos anónimos que se ilusionan con un proyecto que creen firmemente que va a suponer un lanzamiento de un barrio muy olvidado por las diversas administraciones municipales. Y lo importante no es tan solo luchar por lo que creen justo, sino que lo han hecho desde posiciones del más estricto convencimiento democrático, con asambleas abiertas, con ruedas de prensa y explicaciones en diversas plazas del distrito, con recogida de firmas y hasta con una consulta ciudadana. Todo un despliegue de fuerzas en un área muy poblada, donde no es fácil llegar a todo el mundo. Aun así, esa gente ha sido capaz de transmitir un anhelo, una esperanza, un desacuerdo, en forma de aspiración. Se niegan a quedarse parados ante la inacción de un ayuntamiento que pretende cerrar un mercado municipal. Ellos, en su mente, conciben algo grande, algo que aglutine a entidades y a personas, algo que sea un germen de cohesión, de libertad y de pluralidad. El politiqueo y el cinismo han hecho acto de presencia en forma de candidatos con la foto del Mercat de Campoamor a sus espaldas; eso era previsible. Como también lo era el silencio de la entidad que supuestamente apoya las reivindicaciones de los vecinos sabadellenses.
Hay algo nuevo que viene del sur. La jornada del pasado sábado fue sumamente exitosa. Hay un cambio radical en lo que se refiere a la participación ciudadana respecto del 2019, que es cuando se iniciaron estas movilizaciones en defensa del Mercat de Campoamor. Y esa implicación, unida a las firmas que se están recogiendo, superan ya los votos del partido que resultó ganador en las últimas elecciones municipales. Ese ambiente, una simbiosis de lucha y de humildad, hacía mucho tiempo que no se respiraba en Sabadell, una jornada popular a la vieja usanza, con asambleas, con cartelería informativa, con octavillas, con papeletas y urnas de cartón, muy lejos de la parafernalia a la que nos están obligando, esas redes que asustan a muchos y excluyen a muchos más. La Coordinadora de Músics colaboró con esa jornada con cinco grupos que actuaron desinteresadamente, lo que contribuyó también a lograr ese ambiente festivo. Se ha hecho un trabajo muy pedagógico, tanto, que hay un alto grado de conocimiento de lo que es la lucha por el mercado de Campoamor y que, con todo este empuje, ha sido capaz de llegar a los barrios de Les Termes, a la Creu de Barberà y a todo el distrito sexto. Y, quizás lo más importante para los organizadores, la gente de ese sector ya identifica quienes son los que están en contra de la recuperación del mercado, un tema que, dicho sea de paso, tampoco es un asunto que pueda movilizar a muchísima gente.
Por este último motivo, todavía es más importante esta implicación de la gente, y demuestra que no es verdad esa paralización que parece que se impone. Cuando se visualiza un proyecto, cuando este viene de abajo, de personas sin filiaciones de ninguna clase, entonces coge más fuerza y se engrandece la democracia que también nos quieren arrebatar. La pluralidad que se vio el sábado en la Plaza Picasso es también un factor destacable. Allí se reunieron vecinos de etnias y lenguas diferentes, sabadellenses de primera como cualquier otro, con los mismos derechos que todos. Algunos votaban por primera vez porque en sus países de origen no estaba permitido.
Los organizadores se muestran contentos y no paralizan el proceso de recogida de firmas. Quizás estaría bien que el resto de sabadellenses bajáramos al sur para apoyar su proyecto con nuestra firma. Sería un acto de solidaridad entre ciudadanos de una misma ciudad muy loable. Decía Mario Benedetti que “el sur también existe”, una frase que denota el olvido al que han estado sometidos, con carencias de todo tipo, aceptando que se regalen espacios de todos a entidades privadas religiosas mientras reclaman desde hace décadas locales para reunirse y para organizar actividades diversas. Algunas asociaciones del resto de la ciudad empiezan a reaccionar y a fijar su atención ante esta avalancha de emociones que surge del sur, de ciudadanos que están hartos de endogamias, de cambio de cromos, de regalos a cambio de la inacción. Lo ideal sería que esas sensibilidades, esas ganas de empujar hacia el bien común, traspasaran las fronteras del distrito sexto y llegaran a todos los rincones de nuestra ciudad. La gente no está muerta; solamente está adormecida por la inacción de aduladores y pelotas. Despertar no es fácil, pero es indispensable.
Foto portada: la responsable de la parada ‘Sabor Latino’, del Mercat de Campoamor, en una carpa a la plaça Picasso. Autor: Jordi M.
