L'expresident Carles Puigdemont durant les declaracions als mitjans sobre la demanda contra Llarena i l'Estat, a Waterloo el 15 de març del 2019. (Horitzontal)

‘La inmadurez del bloqueo’, por Josep Asensio

“Frente a la política vinculada a la realidad y a los hechos, en definitiva, persiste el activismo estimulador de gestos oportunistas, que duran lo que dura la incandescencia de una bengala”.
Santi Vila

No creo en las casualidades; me aborda incesantemente la convicción de que algo hay que articula una serie de elementos para que produzcan un efecto concreto. Claro que, si nos pasamos las horas pegados a las pantallas sin una mínima capacidad de análisis, entonces el resultado es nulo. Desgraciadamente, ese es uno de los graves problemas de nuestro tiempo: no saber o no querer desmenuzar lo que se cuece a nuestro alrededor y, consecuentemente, permanecemos mudos, afásicos, si me permiten el término, en definitiva, muertos.

En estas dos últimas semanas han coincidido en el tiempo cuatro artículos con un denominador común: la simbiosis de dos sentimientos, de dos actitudes, la ilusión y la desilusión, dándose la mano con el único objetivo de curar las heridas, de lograr esa unidad indispensable para que la convivencia en Catalunya no traspase esos límites que nos llevarían a situaciones que la mayoría no queremos.

El primero de ellos lo ha escrito Santi Vila. Nunca he escondido mi admiración por el exconsejero de la Generalitat, básicamente por ser casi el único que ha puesto el seny, el sentido común, en todo este amasijo de improperios que inició Artur Mas allá por el 2012. Por este motivo, por su prudencia y su capacidad de análisis, pero también de crítica, es de los más insultados por los independentistas, el gran traidor al “poble de Catalunya”. En un magnífico artículo titulado Urkullu, el último moderno, Vila elogia la intervención del lehendakari vasco en el juicio a los políticos que ignoraron todas las leyes establecidas. Ensalza su rigor y pone de manifiesto su papel de auténtico mediador, intentando evitar el desastre que Puigdemont quería. Éste último hizo oídos sordos a una voz que reclamaba prudencia en todos los movimientos y, bueno, ahí están las consecuencias. Vila utiliza un lenguaje muy literario para recordarnos que el empacho de irrealidad es del todo indigesto. Se refiere a Urkullu como político serio, solvente, convencido de la fuerza del humanismo y de la base de la razón para poder interpretar la realidad y transformarla para ser inteligible para todas las personas piensen como piensen. Lo expone en contraposición a que los que contaminan todo de víscera, frivolidad y relativismo, en clara alusión a Puigdemont y a sus incondicionales.

En la misma línea, la de esa contaminación que tanto daño está haciendo en la convivencia entre personas en Catalunya, Lola García expone en Bloquear como política la apuesta suicida de Puigdemont por purgar a los moderados, por asediar e inmovilizar a los sospechosos de iniciar un nuevo diálogo después de las elecciones generales suponiendo que Pedro Sánchez llame a su puerta. “Cuando se sitúa el objetivo de la secesión casi como única meta a perseguir, resulta consecuente la decisión de bloquear la gobernabilidad española”, subraya. Lola García también señala una purga menos comentada, la de Joan Tardà que, a pesar de innumerables perlas que han quedado registradas en el acta de las sesiones del Congreso de los Diputados, no deja de representar a un espacio de moderación que va a ser sustituido por un Rufián que va de la mano de Puigdemont en su idea de “cuanto peor, mejor”. Rufián estaría encantado de que la suma de PP, Ciudadanos y Vox pudiera gobernar España. Lo volvería a situar como el bufón de la cámara y podría llenar su Twitter de decenas de adjetivos.

Emma Riverola, en Alambre de espino se muestra contundente contra los que son incapaces de revolverse ante la dictadura de Puigdemont. Los denomina directamente cobardes por no frenar ese despropósito, ese bloqueo al que hacía referencia la periodista Lola García. En un corto artículo, Riverola es muy dura contra el independentismo que se rige únicamente por las emociones, vacío de contenido y que olvida a la gente, a la que tramposamente empuja hacia el abismo.

El flamante presidente de Societat Civil Catalana, Josep Ramón Bosch sorprende en su artículo La catalanidad con una apuesta de conciliación entre lo catalán y lo español, valorizando lo primero. Responsabiliza a todos de esta Catalunya a la que define como “desballestada”, profundamente resquebrajada y dividida por comunidades lingüísticas, lo que lleva a un empobrecimiento colectivo brutal. Bosch ofrece, a pesar de ese negativo principio, una solución que no está lejos de la de Urkullu, conseguir construir un renovado relato de España que tenga también acento catalán, volviendo a una concepción inclusiva e integradora de la identidad catalana, española y europea que hace pocos años estaban perfectamente integradas como “escaleras enriquecedoras”. Insiste en iniciar lo antes posible esa tarea armonizadora que impulse la realidad catalana, la que siempre ha querido ir de la mano de España sin renunciar a su patrimonio cultural y lingüístico, la que proclamaba Cambó en sus discursos y la que indefectiblemente cohesionará de nuevo a todos los catalanes. Bosch apela a la recomposición de los afectos, a la necesidad de un relato que destruya el desánimo y la tristeza que se ha instalado en Catalunya. Se muestra convencido que la Constitución ya reconoce su singularidad, pero lo más importante, a mi entender, es que se muestra abierto a un entendimiento que, sin nombrarlo, se acerca a los postulados de Vila, en esa obligación de encontrar una salida que nos una, rechazando posiciones de bloqueo y rechazando también el artículo 155 como apuesta electoralista. Aunque esto será posible si la mal llamada “revolución de las sonrisas” se convierte en la “revolución de los héroes”, de los que no tengan miedo a decir que Puigdemont está completamente desnudo, de los que, por fin, se atrevan a revelar la mentira.

No puedo dejar de nombrar hoy a Guillem Bota que, en clave de un peculiar humor sarcástico, compara a Puigdemont con Jimmy Jump en Puigdi Jump: ha nacido una estrella. Guillem Bota pone el acento en el afán de notoriedad de Puigdemont, en su lado más narcisista. Sabiendo que ya nadie le hace caso, siente la necesidad de aparecer donde no es esperado (como Jimmy Jump), pero solo consigue hacer el ridículo. La oquedad de sus acciones son tan evidentes que sorprende que todavía haya gente que le siga. Mientras tanto, va cogiendo fuerza una generación de políticos, de gente de la sociedad civil, que se está arriesgando para que ese desorden del que hablaba Bosch se recomponga por el bien de todos y todas. Y ahí cabemos también todos y todas. A ver si es verdad.

Foto portada: l’expresident Carles Puigdemont durant les declaracions als mitjans sobre la demanda contra Llarena i l’Estat, a Waterloo el 15 de març del 2019. Autor: ACN.