Pablo Motos

‘Pablo Motos: el último mono’, por Josep Asensio

“Incluso de las peores crisis se pueden sacar grandes enseñanzas. De esta no sé si saldremos todos cambiados, pero sí lo haremos siendo conscientes de quién ha estado a la altura y quién no. Quién, en fin, forma parte de la España de Fernando Simón y quién de la de Pablo Motos”
Guillermo Rodríguez, Director de El HuffPost

Hace tiempo que dejé de ver El hormiguero; mejor dicho, hace tiempo que dejé de ver a Pablo Motos. Porque ese programa que nació y triunfó de manera fulgurante me parecía ya un show, un escaparate para un personajillo de una altivez desmesurada y de nula modestia. Porque, además, ese egocentrismo se sigue manifestando en cada sección del programa, anulando a los que medían medio metro más que él, sin dejarlos hablar, sin permitir apenas que triunfara, aunque fuera solo un momento. Rodeado de auténticos campeones, estos siguen sufriendo día tras día el desprecio y la humillación, de un mono de feria que es incapaz de callarse ante los espectáculos que se muestran. Siempre tiene que tener una palabra, la primera, la última, la intermedia, convirtiéndose en un ser absoluto, en la única atracción, en la única imagen de la cámara que, siempre en primer plano para ocultar su pequeñez, nos recuerda que él es el puto amo.

Dueño de diversas empresas que facturan unos 30 millones de euros, Pablo Motos posee un patrimonio de diez millones de euros. En El Hormiguero trabajan su mujer, que no se sabe muy bien qué es lo que hace, y sus dos hijas de un matrimonio anterior, una como guionista y la otra en la sección de atrezzo. Todo queda en casa. Nada que objetar si todo se hace legal. Claro que su ambición y su codicia no tiene límites. En 2010, Mediaset pagaba a la productora de Motos 75.000 euros por programa pero el valenciano pedía 90.000 euros y un contrato por tres temporadas, mientras que los dueños de Telecinco lo consideraban desmesurado. A mediados de 2011 se rompieron las negociaciones y Pablo Motos aceptó la oferta de Atresmedia.

Desde entonces, el programa ha sido una sucesión de chistes burdos de Pablo Motos, unas bromas, muchas de ellas de mal gusto, enrocadas en el tiempo y de dudosa gracia y ninguna elegancia. Anclado permanentemente en el pasado, se jacta de tener en el estudio a gente muy joven (que él selecciona), pero no duda en referirse a Don Cicuta, Pipi Calzaslargas, El precio justo, Los Chiripitifláuticos o La Bola de cristal, ante las miradas de asombro de sus muchachos que lo jalean, aunque no entiendan nada. El programa es también una reproducción de la sociedad capitalista en la que estamos inmersos: tanto tienes, tanto vales. Los entrevistados lo son porque han pagado ingentes cantidades de dinero por salir, porque estrenan una película, porque han escrito algo o porque han sacado un nuevo cd. Excepto en el caso de algunos políticos que Pablo Motos ha querido humanizar, todos pasan por caja antes de someterse a las preguntas estúpidas del dueño y señor del programa.

 Anastacia, y Motos besándole el cuello sin avisar.
Anastacia, y Motos besándole el cuello sin avisar.

Entre esas preguntas no pasan desapercibidas las de índole machista. Lejos de retractarse o de pedir perdón por determinadas aptitudes, Pablo Motos las reivindica como una parte esencial de su programa, estoy seguro que también de su propia personalidad e ideología. Besos en el culo a Mónica Naranjo, baboseos a Anastacia y beso en el cuello sin avisar, coqueteos diversos con Mónica Carrillo, y preguntas del estilo ‘¿Qué vas a hacer cuando se te caiga el pecho?’, a Cristina Pedroche o ‘¿Por qué os gustan tanto los zapatos a las mujeres?’ a Alessandra Ambrosio o ‘¿Quién gime mejor?’ a las dos tenistas españolas Marta Hazas y Manuela Velasco, refiriéndose a los gemidos de las deportistas en los partidos de tenis, pero con ese punto de morbo sexual con el que ataca a las entrevistadas.

Su último tropiezo lo ha tenido con una de las figuras más valoradas de esta pandemia, el epidemiólogo Fernando Simón. ¿Será por envidia? Pablo Motos se ha atrevido a hacer un chascarrillo riéndose de su aspecto físico, diciendo lo siguiente: “Cómo es ese hombre, ¿eh? Parece que lleva varios días durmiendo en el coche… y se le iba quedando la voz más aguda, ahora tiene una voz que cuando habla se giran los del cine”. Una falta de respeto absoluta hacia una persona que debe estar pasando un estrés brutal. No me faltan ganas de meterme con el físico de Pablo Motos. Ya lo han hecho suficientemente las redes que lo han comparado con diversos animales, la mayoría roedores y carroñeros. A mí no me sorprende nada esta actitud de prepotencia, porque para Pablo Motos no entra en su esquema que una persona que gana su sueldo dignamente pueda vestir de manera humilde, vivir en un barrio humilde e ir a trabajar en moto.

Fernando Simón
Fernando Simón

Quizás debería mirar atrás un poquito y recordar su juventud en Requena, rodeado de gente que seguramente vivía con lo puesto. No, eso le queda muy lejos y prefiere fanfarronear en Jávea de su excelente forma física, de sus posesiones diversas, de sus paseos en barco, de sus inmersiones acuáticas, de sus apuestas por deportes extremos para demostrarnos ¿qué? ¿Que es un macho alfa? ¿Que como no tiene estudios, nos quiere sorprender con montones de acciones superficiales que prueben su valía? Su exhibicionismo no tiene parangón y sí una egolatría que tira para atrás. Se cree influencer, pero no pasa de mero charlatán.

Por eso dejé de ver El hormiguero. Por eso y porque la humildad es un don del cual Pablo Motos carece; porque se trata de un programa donde el conductor es el amo del coche, de los recorridos, de los pasajeros, donde nada es improvisado excepto lo que el dueño decida; porque ese punto de machismo y de misoginia lo descalifica para siempre. Porque, lejos de reparar en sus desaciertos, esta misma semana le preguntó a Roberto Leal, el nuevo presentador de Pasapalabra, que qué iba a hacer con su acento andaluz, si lo iba a “suavizar” o a “dejar”. Leal, con ese talento que le caracteriza, respondió que “hay que ser uno mismo” y que por eso precisamente lo habían seleccionado para dirigir el programa. Motos quedó, una vez más, retratado en su mediocridad.

En el fondo, su reputación está cayendo rápidamente en picado. Es eso que ya conocemos de que torres más altas han caído. Su apuesta por sobrepasar los límites de la decencia le pasarán factura sin duda. No así la de Fernando Simón que, con su prudencia, su humildad innata, su sincera respuesta al atragantarse en directo en una comparecencia, superan con creces la falsedad de Motos. Solo basta con leer los currículos de cada uno para percatarse de algunas verdades. Especialmente interesante en el ámbito solidario, el de Simón en Burundi en los 90. Motos carece de esa sensibilidad más allá de su labor mediática y propagandística. No obstante, la vida pone a cada uno en su sitio. También a Pablo Motos.