Quedan atrás las vacaciones para aquellos que las tuvieron y hemos sabido, incluso antes de final del mes de agosto que el turismo de sol y playa ha aumentado gracias especialmente a británicos, franceses y alemanes. Sin novedad en este ámbito, pues siempre han sido nuestros vecinos del norte los que han aumentado nuestro PIB y los que han salvado de alguna manera la triste economía nacional que se sustenta, ahora más que nunca, en este sector. Catalunya lidera una vez más el ranking de visitas lo que nos tiene que satisfacer en todos los sentidos.
Si bien estos turistas vienen en mayor cantidad, también es una realidad que gastan menos. Hay sed de vacaciones, de conocer lugares nuevos, pero a base de más bocadillos, de alojamientos más baratos y de menos noches de hotel. A toda esta parafernalia vacacional se acoplan indefectiblemente los bares, con ofertas alcohólicas nada despreciables principalmente para los más jóvenes. Durante estos últimos años produce vergüenza ajena el observar vídeos donde el ‘balconing’, el ‘mamading’ y otras juergas veraniegas hacen que la marca España o la marca Catalunya queden bastante mermadas a pesar del esfuerzo que algunos hosteleros hacen para tapar estas vergüenzas.
No obstante, al margen de estos bochornosos sucesos, cabe destacar que, para los que somos observadores, es un ejercicio sociológico saludable convertirse por unos momentos en espectador de las realidades que nos circundan. Básicamente se trata de sentarse en un lugar estratégico y analizar las diferentes situaciones que se van produciendo con las personas que van pasando por nuestro lado. Es casi imposible huir de los prejuicios, porque parece que los llevamos en los genes y ante la visión de unos determinados estereotipos pensamos que van a actuar de una determinada manera.

La playa es un buen lugar de percepción de las conductas humanas, básicamente aquellas que sufren una invasión desmesurada, ya que allí se exteriorizan las actitudes más básicas de cada uno de nosotros. No me refiero a las diferentes indumentarias que salen a la luz en esos días, y en las que no nos importa marcar el tamaño de nuestros más íntimos órganos o dejar que la grasa abdominal campe a sus anchas y se reboce en la arena. En la playa ya no se sugiere nada y se muestra todo, incluso la educación de cada uno. Y ahí voy.
Los tópicos y los prejuicios quieren manipularnos hasta el punto de que cuando vemos a alguien del sur llegar con la familia, la sombrilla, la mesa, las sillas, la nevera, los cubos, la pala y otros bártulos playeros, nos imaginamos que van a invadir nuestro terreno, gritarán como energúmenos y no usarán para nada las papeleras. Asimismo, ante la aparición de franceses o árabes de diversas nacionalidades. Si éstos son nórdicos por su aspecto nos tranquilizará saber que serán educados, limpios y silenciosos. Si son negros nos diremos que no somos racistas pero también estaremos a la expectativa. Dentro de España todavía somos más críticos: del sur, marrano; del norte, limpio; del centro, pijo. Y así mil y una sandeces que contribuyen a deteriorar nuestras relaciones ya por sí algo turbias.
Mi análisis vacacional ha sido de lo más instructivo y corrobora lo que ya me imaginaba. La generalización de las conductas por nacionalidades, color de la piel o sexo es una acción completamente inútil y, además, del todo inexacta. Este año de irrupción de franceses en nuestras playas, los he visto de todos los estilos y formas de actuar; tranquilos, maleducados, prepotentes, generosos…
También madrileños, de los pijos y de los que espléndidamente te dicen que no molestas a su lado y que te explican las bondades de la playa donde te instalas. Y alemanes sensibles a la crisis española y otros aplaudiendo las reformas de Merkel y Rajoy. Y algún que otro británico excusándose por no saber español y pidiendo ayuda para comprar unos calcetines en un mercado dominado por comerciantes gitanos. Estos últimos y en gran parte, suplen sus carencias de estudios con una simpatía desbordante y con una educación tan exquisita que ya quisieran tener muchos de los que fueron a la universidad.
En uno de mis encuentros vacacionales con amigos de toda la vida, coincidimos unas veinte personas. Ese conjunto heterogéneo de personas era el símbolo del entendimiento. Unos habíamos estudiado más allá del bachillerato y otros no tenían ni los estudios básicos. Quizás estos últimos mostraban dificultades para engarzar oraciones más elaboradas, pero la mente humana es muy sabia y sabe reconocer la bondad y la sabiduría del ser que tienes delante. Eso es lo importante, porque a pesar de la presión y de la manipulación a la que estamos diariamente expuestos, debemos concentrarnos en entender y en obligar a nuestro cerebro a actuar por cauces que nos lleven más a la avenencia, al acuerdo y al raciocinio que al rechazo sin argumentos. Solo ese camino es el válido. Naturalmente que sufriremos desengaños y los tópicos volverán a hacer acto de presencia, pero que una pequeña mancha o una minúscula mota no enturbie las relaciones de la mayoría. No es fácil, mas hay que intentarlo. Está en juego la supervivencia humana.
