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Opinión de Josep Asensio: ‘Serón o el valor de las pequeñas cosas de la vida’

Que las cosas no suceden porque sí es una máxima que hemos escuchado miles de veces. Tratamos de entender todo lo que nos rodea, buscar una explicación, un argumento a nuestra felicidad o a nuestra desdicha, pero la realidad es que los acontecimientos se desarrollan como en un largometraje hasta que toca a su fin. Relacionado con todo esto, éste ha sido un verano de libros. Me ha impactado Un monstruo viene a verme de Patrick Ness por la filosofía interior que transmite, por su facilidad de lenguaje y por el impulso que puede dar a nivel vital. “La vida es para vivirla, no para entenderla”, sentencia en algún momento. Y quizás tenga algo de razón, aunque yo necesito analizar la vida propia y la de los demás para despejar esas incógnitas existenciales que nos golpean a diario.

He tenido la gran satisfacción de presentar un libro en Águilas (Murcia) y en Serón (Almería). Se trata de El misterio de la isla del Fraile de AsensioCampoy, un escritor novel interesado en la historia de aquella zona de España, pero con una intriga muy bien desarrollada. Un libro que obviamente recomiendo no solo por su trama y su solidez argumentativa sino por su humanismo y su filosofía vital. En Águilas, localidad de nacimiento del autor, la presentación fue un éxito al acudir tanto familiares como amigos del novelista. Serón, por el contrario, encarnaba el enigma, puesto que nunca había estado allí. Mi desconocimiento era total a pesar de haber trabajado con compañeros y compañeras originarios de aquellas tierras. Naturalmente que había oído hablar de sus jamones, pero fuera de esa eventualidad, nada había sucedido para ponerme en marcha hacia Serón. La presentación del libro era, pues, la causa que provocaría mi inmersión en esta localidad almeriense y que no me dejó indiferente.

La Candelaria de Serón.
La Candelaria de Serón.

Tanto el editor como el autor expusieron los vínculos familiares que los ligaban a Serón. Fue una prueba muy sólida de sentimientos encontrados, de recuerdos lejanos, de potenciación del cariño y del afecto hacia los antepasados que habían vivido momentos de penurias, de hambre y de escasez. El auditorio era exiguo pero un halo de bondad y de consideración en torno a nuestros predecesores cubrió el pequeño barrio de la Estación. Mi presentación fue monótona y previsible. No disponía de lazos evidentes con Serón y se me hizo difícil adentrarme en la situación precedente. Solo los halagos de la Concejala Rosa Mª Martínez pudieron con ese ensimismamiento que perduró unos días.

No obstante, la vuelta al sosiego vacacional me produjo efectos inesperados pero beneficiosos. Lo vivido en Serón me recordó la importancia de las pequeñas cosas, de lo aparentemente efímero, de lo simple y corriente para lograr esa paz interior que todos buscamos. Todos no, porque me vinieron a la mente aquellos conocidos que se vanaglorian de tener varias carreras delante de individuos sin estudios, destacando por su pedantería y su altivez, por sus miradas por encima del hombro, desgajando de manera pormenorizada sus viajes por el mundo a sabiendas de que la persona que tiene delante nunca podrá salir de su pueblo. Otras que conscientemente desprecian a sus progenitores tanto por considerarlos analfabetos o por sus raíces pueblerinas. Si son algo es gracias al esfuerzo de sus padres y abuelos, digo yo. En el libro Puro de Julianna Baggott leo esta frase: “Así es como funciona el olvido: eliminando el pasado y no hablando nunca de él”.

Me vino a la memoria también aquel ‘amigo’ que me recriminaba mi amistad con un criador de cabras, que apenas había ido a la escuela y que, según él, nada podía aportarme. No entendía como yo, persona con estudios, culta y no sé cuántas maravillas más, armonizaba con individuos de esas características. No se imagina lo feliz que fui el día que el cabrero me enseñó todas las artes de un buen ordeño, intentándolo yo mismo con resultados mediocres.

Cartel
Cartel elaborado por los alumnos de Padilla Borja

Desgraciadamente el mundo está lleno de prepotentes que desprecian a aquellos que los han traído al mundo, que sienten vergüenza de sus orígenes, de sus antepasados y todo lo que representa. Prefieren apartarlos de sus pensamientos, sufriendo un shock terrible cuando alguien se los recuerda. En el fondo sus frustraciones son tan intensas que no pueden desembarazarse de ellas aunque intenten tejer una poderosa tela de araña que impida el paso de la realidad. No se trata de amargarles la vida. Allá cada uno con sus decepciones y sus engaños. No obstante, Serón ejerció en mí un influjo que no preveía. Las horas pasadas allí me sirvieron para valorar más si cabe la necesidad de valorar en su justa medida las pequeñas cosas, aquello a lo que podemos aspirar con sencillez y humildad. Jesús Padilla Borja es maestro en el CEIP Miguel Zubeldia de Serón. Desconozco su labor pero puedo adivinarla a través de su blog. Me quedo con uno de los carteles elaborado por sus alumnos. “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”.

Foto portada: el municipio de Serón.

Comentaris

  1. Icona del comentari de: teresa comellas a octubre 02, 2016 | 19:20
    teresa comellas octubre 02, 2016 | 19:20
    És bo conservar i recordar les nostres arrels com descrius a l' autor del llibre , No entenc com hi pot haver persones que vulguin ignorar les seves arrels, bé demostres amb el teu escrit que hi ha gent que la universitat no li ha ensenyat tot. La vida ,amb la condició que ens toqui a cada u, és la gran escola.

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