Hay historias que, por increíbles que parezcan, son ciertas. Pueden semejarse a leyendas, cuentos, invenciones de esas que salen de cotilleos, fábulas o parábolas, pero la verisimilitud de los personajes, de los escenarios y de la trama las hacen pertenecer a esa mezcolanza de crónica y relato concernientes a la más viva realidad.
Hace más de 60 años, en tierra árida, seca y estéril, donde los ríos no llevan agua y la lluvia es un milagro, un campo se llenó de manzanos. Un suceso harto extraño, pues es bien sabido que estos árboles no son propios del sureste y se encuentran más al norte, donde las condiciones para su educación manzanera son más favorables. Pero el caso es que tras la aparición de los manzanos, éstos dieron sus frutos, con dificultad, con trabajo y con dedicación, lo que les valió ser muy valorados. Las manzanas eran de diversos colores y gustos y eso era muy apreciado por los ciudadanos que acudían a los mercados a comprarlas.
Pero la desgracia se apoderó de aquellos lugares y el hambre y la sequía inundaron salvajemente todos los terrenos, sin importar si eran manzanos o perales, álamos o pinos. La mayoría de los manzanos languidecieron lentamente sufriendo en sus troncos y en sus hojas la tristeza y la desdicha esperando que el infortunio pasara rápidamente. Pero un joven manzano, un manzano femenino, lo que descubrí más tarde, tuvo la oportunidad de ser arrancado de sus raíces y convertirse en humano. Nunca se supo cómo se produjo esa circunstancia. Un día apareció un agujero en el terreno sin evidencias claras de la presencia del manzano. Tan solo un viejo pastor pudo explicar que el manzano se transformó en una niña y que salió en dirección norte.
La niña creció en un pobre ambiente. De familia muy humilde fue poco al colegio y no destacó en nada. Fue haciéndose mayor sin aspavientos, sin grandes eventualidades y sin alegrías. Hasta que un día recibió la llamada de un sujeto anómalo y aberrante por naturaleza que solamente le pidió que cambiara el tipo de calzado que llevaba para poder acceder a lo más grande. Ella consintió sin pestañear y el viejo calzado quedó por siempre olvidado, ultrajado y humillado.
Al llegar a tan imponente mansión se sintió importante, no sin antes pedir que le fuera reembolsado el importe de su traslado desde los barrios del norte, a lo que no se le puso ninguna pega. Nunca había visto tanto lujo, tanto dinero y bajaba en autobús cada día con un modelito nuevo, fruto de su nueva situación. Ya no se acordaba de los manzanos que la refrescaban cuando el calor era insoportable. Aquellos manzanos permanecían en el campo seco sobreviviendo más que viviendo mientras ella disfrutaba de su posición.
Permaneció varios años en aquel lugar, sin decir palabra y haciéndose la interesante sin entender ni una palabra. La vergüenza que pasaban todos los que la rodeaban cuando no tenía un papel al que dirigir la mirada era monumental. Nunca supo expresarse con soltura y los administradores de su estupenda situación iban locos preparándole lo que tenía que decir a cada momento. La criticaron por vanidosa pero ella seguía subiendo al autobús creyendo que alguien la adoraría. No era como ella deseaba. Pasaba más desapercibida que un grano de arroz en una paella pero aún así, seguía regocijándose en su cuantiosa nómina mensual. Viajó a Sudamérica gracias al gran dictador y sin sentimientos y sin pesar daba la mano a aquellos que vivían muy por debajo de por donde ella lo hacía.
Su salud se vio alterada y uno de sus brazos quedó dañado. Se rompió el hechizo y aquella mujer volvió a convertirse en manzano. Lejos de su campo, lejos de su gente permaneció sola y triste. Ya no daba frutos y sus arrugas le atravesaban el corazón. Allí, lejos, en el sur, seguían los altivos manzanos llenándose de espléndidas manzanas. Nunca desearon ser otra cosa. Eran felices con lo que hacían y con lo que eran. No tenían que aspirar a más porque su esencia era simplemente dar el fruto y hacer felices a aquellos que entre las manos lo saboreaban. Ese momento mágico de degustación se convertía para ellos en el sumun de la satisfacción.
Sus últimos días son inciertos. Incapaz de amoldarse a su nueva vida, puede que caiga en la melancolía y en la soledad. Ya no es capaz de volver al campo que lo vio nacer. Ya no hay lugar para él porque en el agujero que dejó, plantaron otro manzano más joven, del que dicen que no heredó nada del que partió. Como manzano ya no tiene amigos, pero como carece de afectividad y ternura, eso no es importante. Quizás sea pasto del fuego y caliente algún hogar, con lo que sería para lo único que ha servido su paso por este mundo.
Nuestro pobre manzano no supo nunca lo que era dar nada a cambio de nada. Nunca pudo discernir entre el bien y el mal, porque le cegó la avaricia, la soberbia y la vanidad, sentimientos de los que carecen los manzanos. Ellos suelen ser amables, desprendidos, solidarios y expertos en producir las más bellas y dulces manzanas. Nuestro ruin manzano nunca entendió el significado de la amistad, del amor y del darlo todo por los demás. Vivió preso de su inmodestia, del engreimiento y de la arrogancia y ahora es incapaz de comportarse como un manzano.
