Todavía estoy flipando. El encendido de las luces de Navidad coincide con el Black Friday y con la gran recogida organizada por el Banco de Alimentos. Parecería una broma de mal gusto si no fuera que pertenece a la realidad más miserable de nuestra sociedad. Mientras bolsos, televisores, ropa fabricada por niños en Asia, pulseras y demás mandangas se exponían como vulgares prostitutas en los aparadores de las tiendas a la caza del sufrido consumidor, las autoridades glosaban la importancia de mantener millones de bombillas encendidas más de 40 días con el objetivo de alegrarnos la vida y sumirnos en el capitalismo más salvaje. Concejales de todas las tendencias aplauden estas iniciativas empujados por lo políticamente correcto y para no causar el enfado de los comerciantes. La gallina de los huevos de oro está a punto de explotar y es una evidencia que no se gasta más por empezar antes las fiestas. El presupuesto es el que es y no da para demasiadas alegrías.
En la otra cara de la moneda, el circo del Banco de Alimentos esconde las vergüenzas de nuestro sistema, las de los políticos corruptos que recortan las necesidades más básicas de los ciudadanos y se nutre de personas de buena fe para disfrazar la campaña de solidaridad.
Me pregunto por qué los ciudadanos que ya pagamos nuestros impuestos tenemos que permitir que sea la caridad la que se encargue de dar de comer a millones de personas. Me indigna observar cómo los políticos se enorgullecen de apoyar estas campañas cuando tienen la responsabilidad y el presupuesto para acabar con ellas.
Hasta el nuevo Secretario de Estado de Servicios Sociales, Mario Garcés, nos animó a todos porque “hay personas con problemas para tener una alimentación razonable en España”. Manera muy sutil de decir que en España se pasa hambre. Casi un 30 por ciento según las estadísticas de esas mismas entidades que colaboran con la recogida. Solo en Andalucía más de 60.000 niños se benefician del reparto de desayunos y meriendas y las colas del hambre son una realidad que muchos medios de comunicación ocultan. Ya no nos sorprende que España sea uno de los países europeos donde la malnutrición de la infancia haya aumentado de manera escandalosa. Uno de cada cuatro niños tiene problemas graves para comer diariamente. No es un dato. Es la verdad que envuelve a un país que crea empleo precario para no poder ni comer.

Pero los fuegos artificiales iluminan el cielo de la mendicidad unas cuantas veces al año para mover nuestras conciencias en un sentido concreto: el de comprar un par de quilos de arroz o de pasta y salvar nuestras almas. Es como una especie de chantaje, un lavado de cerebro que ignora la irreverencia absoluta contra los que padecen hambre y llena las arcas de las empresas distribuidoras. Esos días, los grandes supermercados aumentan hasta en un 20 por ciento sus beneficios, mientras que los pequeños comercios de barrio sufren en silencio su olvido. Algunos bancos de alimentos piden productos concretos, con lo que las empresas aumentan la producción y suben los precios. Además, las donaciones directas de las grandes industrias tienen una desgravación fiscal nada despreciable. Para la administración es un negocio redondo tanto a nivel económico como filosófico. No gastan, evitan conflictos sociales y que esa misma gente salga a la calle para reclamar sus derechos. La comida se les da por la puerta de atrás y se ensalza la labor de los supuestamente solidarios que, dicho sea de paso, denuncian la pobreza pero no se atreven a denunciar a los responsables. ¿A quién quieren engañar? Aún hay más. Los directivos del Banco de Alimentos de España pertenecen en su mayoría al Opus Dei y tienen el aval y la colaboración de Bankia, que bajo el auspicio de su campaña ‘En acción, la huella social de Bankia‘ coordina algunas de las iniciativas contra la pobreza. ¿Coincidencia?
Durante la España de Franco la caridad campó a sus anchas. Los afines al régimen hacían donaciones en barrios desfavorecidos y las cámaras de una televisión en blanco y negro captaban el momento. Las cartillas de racionamiento también formaban parte de un espectáculo de miseria justo después de la Guerra Civil. Son las mismas familias de aquella época las que ahora empujan el voluntariado a recoger las migajas de la pobreza, observando al populacho ayudar a sus semejantes.
Ellos, en sus palacios, en sus yates, con sueldos de escándalo, se ríen a carcajadas y están seguros de su éxito. Les han lavado el cerebro para que sigan pidiendo, sigan apostándose ante los supermercados y sean incapaces de acabar con la mentira. A muchos de ellos se les olvida que este drama empezó justo en el momento en el que surgieron los recortes y que los culpables tienen nombre y apellidos. Está claro que hay que ayudar a los que pasan hambre pero ¿a costa de convertirnos en cómplices de los culpables?
