Foto portada: Santamaría, en su domicilio. Autor: N.Grimau / cedida.

Antonio Santamaría, periodista y escritor: ’24 horas en la vida de un confinado’

Antonio Santamaría es periodista, escritor y analista político. Es colaborador de iSabadell desde sus inicios, el año 2012, desde donde publica las secciones Història de Sabadell, A fons o El ple crític

Me levanto a las 8:30 horas, un poco antes que mi mujer y mi suegra con las que convivo confinado. Estos días no paro de soñar y no siempre son pesadillas. Cuando acabo de despertarme tengo un vívido recuerdo de estos sueños que se va desvaneciendo a lo largo del día. Quizás sea una reacción defensiva de mi inconsciente para compensar las terribles noticias sobre el coronavirus y el agobio provocado por tantos días de encierro forzado.

Desciendo hasta la cocina, pues resido en una casa inglesa de dos plantas, donde desayuno escuchando la radio donde no se habla de otra cosa que del coronavirus y de su imparable expansión. Hoy el tema es la terrible mortandad en las residencias de ancianos que pone los pelos de punta. No he acabado de desayunar cuando bajan mi mujer y mi suegra que también escuchan desoladas las luctuosas noticias de la radio. Salgo al patio a fumar el primer cigarrillo del día. Me siento un privilegiado por disponer de este patio donde al menos puedo pasar algunos ratos al aire libre y, si el día acompaña, tomar el sol.

Subo a mi despacho, rodeado de libros, donde me conecto a internet y realizo una ronda exhaustiva por los diarios en los que no se escribe de otra cosa que del Covid-19. También consulto el móvil para verificar y en su caso contestar algún mensaje de WhatsApp. Compruebo que algunos amigos y conocidos están muy enganchados a las redes sociales y manifiestan una suerte de hiperactividad digital. No puedo criticarlos, pues para algunos puede ser una forma, quizás la única, de combatir las angustias del confinamiento.

Cuando acabo la deprimente ronda mediática, suelo telefonear a algún amigo; especialmente a aquellos que viven solos y para quienes la conversación les ayuda a romper el aislamiento.  A veces son ellos quienes me telefonean. A algunos de ellos el encierro se les hace particularmente duro y me confiesan que literalmente se suben por las paredes y a quienes, filosóficamente, recomiendo paciencia.

Cuelgo el teléfono y pongo los conciertos para violín y orquesta de Antonio Vivaldi. La música barroca suena como un bálsamo para mi atribulado espíritu tras haberme sumergido en la catarata de sombrías noticias sobre la mortífera pandemia. Mientras suenan los hermosos acordes de gran compositor italiano, intento escribir algo. Siempre tengo cosas pendientes, pero la verdad es que cada vez tengo menos ganas de hacerlo y he de realizar un gran esfuerzo de la voluntad para ponerme en ello. Por suerte, consigo vencer la desidia. Escribir me permite combatir la desagradable sensación de tiempo vacío y muerto. Esto no deja de tener su importancia, pues el confinamiento modifica la percepción y la noción del tiempo. Acontecimientos que sucedieron hace escasas semanas parece que ocurrieron hace siglos. También, el encierro provoca que los días transcurran con una árida monotonía en la que no se distinguen los días laborables de los festivos, como si estuviéramos atravesando una desolada estepa infinita.

A media mañana bajo a la cocina a tomarme un café y vuelvo al patio a fumar otro cigarrillo. Hoy el día es frío y nublado, ni siquiera puedo quedarme un rato a tomar el sol. Antes de volver al despacho converso un rato con mi octogenaria suegra que se entretiene haciendo ganchillo. La anciana, instalada en la habitación que da a la calle, me comenta que no pasan ni peatones ni coches, en una calle que antes del coronavirus estaba sometida a un intenso tránsito. También cambio impresiones con mi mujer que afortunadamente realiza desde hace una semana su jornada laboral mediante el teletrabajo.

Continúo escribiendo y escuchando música barroca hasta la hora de la comida, de Vivaldi paso a Bach, Händel y Paganini. En esta tarea de cocinar me turno con mi mujer, a veces es ella y a veces soy yo el encargado de prepararla.  Hoy me toca a mí. Hago un menú infantil consistente en macarrones a la boloñesa y pechuga de pollo a la plancha. Mientras cocino vuelvo a poner la radio, donde prosiguen sin tregua las noticias o las tertulias sobre el implacable avance del coronavirus. Solemos comer entre las 14 y las 14:30.

Aunque intentamos evitarlo, no podemos impedir que la conversación gire en torno a la pandemia. Particularmente, cuando empiezan a llegarnos noticias de algún amigo o conocido que ha contraído la enfermedad. Ya no se trata de informaciones lejanas y anónimas; ahora sentimos bien cerca el negro aleteo de la Parca.

Terminada la colación, me fumo un cigarrillo en el patio y subo a mi dormitorio para echarme una siesta, mientras madre e hija, sobrecogidas, ven las coronanoticias por la televisión. La siesta me sirve como especie de reparador interludio tanto físico como psicológico.

Duermo como un tronco durante hora y media. Me levanto, bajo a la cocina, me tomo un café bien cargado y me fumo dos cigarrillos, uno detrás de otro. Mi suegra me reconviene por fumar tanto, a lo que le respondo en broma que ya verá cuando se descubra que el tabaco previene contra el coronavirus. Vuelvo arriba, al despacho. Por la tarde tengo más ganas de escribir. Quizás por ello paso del barroco al romanticismo y escucho los conciertos para piano y orquestra de Beethoven y luego las Danzas húngaras de Brahms.

Los avisos del móvil me distraen. Estoy a punto de apagarlo, pero no lo hago no sea que me llegue un mensaje importante. A veces me engancho a las noticias compartidas por algunos grupos de WhatsApp, como la de una antropóloga que afirma que el confinamiento es un gigantesco experimento de control social. Durante un buen rato dejo de escribir y le doy vueltas a esta idea. “Quizás tenga razón -pienso –para los Estados autoritarios tener a toda la población encerrada y vigilada por la policía resulta una suerte de programa máximo, una especie de toque de queda permanente. Sin embargo, el encierro convierte a las personas en improductivas lo cual no concuerda con el funcionamiento del capitalismo que, además del control social, exige la productividad. Ahora el contacto con los cuerpos ha devenido una amenaza mortal y esto se levanta como una muralla insalvable para cualquier forma de vida social. ¿Cómo quedará el mundo tras la pandemia? –me interrogo. ¿Cómo se afrontará la brutal crisis económica? ¿Se darán por acabadas insolidarias políticas neoliberales? ¿Se impondrá un giro socialdemócrata y neokeynesiano como después de la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo afectará la experiencia del confinamiento a nuestras relaciones personales?

Estoy perdido en estas reflexiones, cuando mi mujer me avisa que tenemos una vídeollamada con nuestros dos hijos a quienes no vemos desde que empezó el confinamiento. De hecho, casi cada tarde o llamamos nosotros o lo hacen ellos. Conversamos durante un buen rato lo cual nos reconforta. La situación generada por el confinamiento y la tecnología de la videollamada me generan una sensación de irrealidad como si estuviese viviendo en una película de ciencia-ficción.

Tras la conversación regreso al despacho un tanto deprimido. No tengo en absoluto ganas de escribir. Vuelvo a conectarme a internet y a hacer una ronda por los diarios donde sigue mandando dictatorialmente el tema del coronavirus. Pierdo la noción del tiempo. En eso me llama mi mujer para la cena. Cuando yo hago la comida, ella hace la cena y a la inversa.

Cenamos unos bocadillos, los tres frente a la televisión. Después de la cena me quedo un buen rato, hipnotizado por la pantalla. A veces, si hacen una buena película me quedo a verla, pero esta noche no hacen nada interesante. Así que me despido de ellas, deseándoles buenas noches y subo al piso de arriba. En ocasiones, si estoy inspirado me quedo un buen rato escribiendo, pues con la siesta no suelo tener sueño hasta bien entrada la madrugada. Esta noche no tengo ganas. Agarro el Diario de campo de Melanesia del gran antropólogo polaco, Bronislaw Malinowski, donde narra sus experiencias personales durante su investigación etnológica. Me meto en la cama y leo durante horas, hasta que las líneas se confunden y se me cierran los ojos. Apago la luz, con un poco de suerte -pienso- esta noche soñaré que estoy en los trópicos.

Y vosotros, como estais viviendo la pandemia del nuevo coronavirus? ¿Cómo pasais el confinamiento de estos días? ¿Qué le pasa por la cabeza? Nos podéis explicar vuestras vivencias y reflexiones en un correo electrónico, que podéis enviar a opinio@isabadell.cat, y valoraremos su publicación.

Foto portada: Santamaría, en su domicilio. Autor: N.Grimau / cedida.